01-Jun Abordaje teoterapéutico de los consumos problemáticos de sustancias: Informe de investigación.

El artículo explora el mundo sociocultural de una asociación civil cristiano-evangélica (entendida como “comunidad teoterapéutica”) de Santa Fe, con énfasis en la intervención en los consumos problemáticos de sustancias. Fue producido en el marco de la tesina para acceder al grado de Licenciatura en Trabajo Social (FCJS/UNL), investigación cualitativa-etnográfica llevada adelante por la Lic. Maira Zamora – Correo electrónico: maizamora_13@hotmail.com

INTRODUCCIÓN

En la actualidad, existe una pluralidad de dispositivos para el abordaje de los consumos problemáticos de sustancias y adicciones. Entre ellos se encuentran, según Güelman (2018) las comunidades terapéuticas (CT), los tratamientos ambulatorios, los centros de desintoxicación hospitalaria, los centros barriales, las casas de medio camino, los grupos de autoayuda y los programas de reducción de daños.
En esta diversidad de estrategias de intervención, cabe la posibilidad de que coexistan una o más modalidades en una misma organización según la comprensión de la problemática y su dimensión ideológica, la cultura organizacional y su relación con los saberes implicados, así como también otros recursos institucionales disponibles. Aquí, la unidad de estudio es entendida desde la categoría de comunidad teoterapéutica (CTT), por su impronta religiosa-espiritual, con tratamiento ambulatorio a través de la presencia de grupos de autoayuda -talleres grupales, familiares y multifamiliares-.
Esta iniciativa incipiente en la localidad en la que se llevó adelante la investigación no se presenta de forma apartada o ahistórica. Al contrario, encuentra su continuidad y consolidación en nuestro país desde la década del 70´ y se corresponde, según Camarotti et al., (2017), con la relativa ausencia o falta de efectividad de las respuestas terapéuticas frente a la demanda social para que el Estado asuma su responsabilidad sobre el campo. Así se configura el escenario contemporáneo en que esta iniciativa se desarrolla y gana legitimidad. En el caso particular, goza de “doble legitimidad”, es decir, como organización de la sociedad civil (OSC) y organización religiosa. La asociación civil de referencia es impulsada por la Iglesia Pentecostal, la cual desde saberes pastorales acompañaron al líder de la actual organización en su proceso de rehabilitación.
Ambos espacios, que por lógica de anonimato y confidencialidad no se detallan sus respectivos nombres, funcionan como complementarios e incluso son percibidos como un todo univoco por la mayoría de sus miembros. En otras palabras, Jones y Cunial (2017) sostienen que "OSC religiosas actúan ofreciendo un tratamiento frente a la problemática del uso de drogas en la medida en que, en comparación al Estado: a) se les atribuyen ventajas por su anclaje territorial e información de dicho territorio; b) detentan una doble legitimidad, como OSC y como organizaciones religiosas; y, consecuentemente, c) se consideran más eficientes para proveer estos tratamientos" (Pág. 115).
Ahora bien, estas alternativas como agentes de recuperación de los consumos problemáticos “han sido poco estudiadas pese a la larga trayectoria” (Levin, L., 2013). Más aún, en lo que a Argentina respecta, se ha puesto énfasis en “los estudios sobre religión y política que se centran, en su mayoría, en la participación de la Iglesia Católica e Iglesias Evangélicas en los debates públicos sobre sexualidad” (Camarotti, et al., 2017: 13). Como ser, la educación sexual integral: Jones, Azparren y Polischuk, 2010; el matrimonio para parejas del mismo sexo: Hiller, 2011; Carbonelli, Mosquerira y Feltti, 2011 y el aborto: Jones, Azparren y Cunial, 2013.
No obstante, se han podido recuperar estudios existentes como “huellas de otros” (Booth, Colomb y Williams, 2001: 91) que han iluminado y acompañado esta investigación cualitativa-etnográfica y sus objetivos desde la apertura relacional de categorías teóricas que, a modo de ideas primordiales, han habilitado líneas de reflexión pertinentes para arribar, luego, a categorías etnográficas. Pues, sobre estas últimas, se entiende desde palabras de Giddens, (1987:153 citado en Guber, R. 2001) que, “si el investigador aspira a penetrar el sentido, el carácter significativo de la acción y las nociones las experiencias deben realizarse en el contexto de terminologías de los actores”.
Entretanto, el objetivo principal remite a la comprensión de la intervención y roles-saberes del equipo de trabajo, en el marco de la “comunidad teoterapéutica”, donde propone una innegable relación con las categorías “religiosidad y espiritualidad” (RE). Éstas son entendidas, según Ely, A. y Mendes Calixto, A. (2018), como pilares principales que ayudan al paciente, dando fuerza interna para superar dificultades, como por ejemplo los consumos problemáticos de sustancias (CPS). Estas categorías se corresponden con estrategias de intervención que giran en torno a tres grandes ejes y, en ellos, categorías propiamente etnográficas: “trabajo interno”, “re-estructuración” y “alabanza”.
Los objetivos específicos profundizan, por un lado, las formas de concebir la problemática central desde los miembros del equipo y los jóvenes, todo desde la categoría etnográfica de “comportamientos adictivos”. Aquí es pertinente referir al estudio de Pawlowicz, M. P., et al. (2010) que establece la premisa del uso de sustancias presente también entre adultos, puesto que, a nivel de representaciones sociales, se identifica como un fenómeno propio de la juventud. Esto, en sintonía con el postulado institucional presente, a saber: la generación de una relación tri-causal entre juventud-inmadurez-consumos problemáticos de sustancias.
Por otro lado, el trabajo también aborda la identificación de los efectos de las estrategias de intervención, lineamiento que permite desarrollar y comprender la categoría teórica de “conversión” la cual, en comparación con las demás, resulta el eje más estudiado en las ciencias sociales y la religión.
En este sentido, retomamos a Castrillón Valderrutén, M. (2008), autor colombiano, quien sitúa su análisis en una comunidad terapéutica para la “rehabilitación” de sujetos consumidores desde dos orientaciones: de carácter religiosa cristiana y laica. El mismo postula la ‘entrega absoluta’ del sujeto en pos de un proyecto restitutivo de su identidad, es decir, una transformación ontológica de los significados y valores. También, Hernández OLO y Odgers Ortiz, O. (2017) analizan las experiencias corporizadas que viven quienes se someten a un tratamiento de rehabilitación de adicciones en los centros de tipo evangélico pentecostal, en Tijuana, Baja California, México. Allí, se hace hincapié en el proceso de conversión religiosa como una forma de tratamiento alternativo al padecimiento de la adicción.
Tales perspectivas de “conversión” se asemejan a las analizadas en este trabajo ya que, para alcanzar una comprensión integral del objetivo central, fue necesario ahondar también en los discursos de los propios sujetos de intervención. De esa forma fue posible dar cuenta de sus transformaciones, arraigadas a la idea de etapas diferenciales dentro de la comunidad según sus respectivos cambios comportamentales que influyen en las categorías nativas “vieja vida” y “nueva vida”.
Finalmente, es preciso destacar el estudio más cercano de Grippaldi, E. (2015), en el contexto provincial-santafesino, que analiza comparativamente las construcciones identitarias de drogas según la modalidad de tratamiento recibida en comunidades terapéuticas de principios cristianos -Remar- y terapia grupal fundada en ‘Doce Pasos’ -Narcóticos Anónimos-. Sostiene que las prácticas y significados que circulan en las organizaciones son notoriamente diferentes. Sin embargo, ambas contribuyen a producir un efecto performativo sobre las identidades.
En síntesis, estos estudios con sus respectivas finalidades dan cuenta de diferentes perspectivas y miradas en torno a la problemática. Sin embargo, hasta el momento, no se ha explorado sobre la comprensión de los tratamientos en comunidades teoterapéuticas desde las relaciones de diversos saberes-roles intervinientes, como profesionales y no profesionales. Este trabajo ha sido factible debido a la presencia de roles profesionales, pastores, familias -principalmente madres-, coueselings, talleristas, y el rol protagónico del líder como ex-consumidor.

METODOLOGÍA

Como se adelantó más arriba, se recurre a la metodología cualitativa con enfoque etnográfico el cual, según Sirvent (2006) "No busca explicar; busca comprender, holísticamente, en un sentido de totalidad, dialécticamente, por qué un hecho social deviene o es de esta manera y no de otra. (...) Es la que busca comprender a través de técnicas que no producen datos medibles (...) el significado, el sentido profundo que las personas y los grupos le atribuyen a sus acciones (P. 19).
La posibilidad de “estar ahí” junto a los actores, los propios nativos, fue indispensable para reflexionar acerca del fenómeno de estudio desde sus propias prácticas y discursos, así como para profundizar acerca de los objetivos de investigación. En esta línea, el trabajo de campo entendido teóricamente como aquella “fase en la cual se ponen en juego diferentes técnicas de investigación y la metodología en aras de levantar empíricamente la información” (Restrepo, E., 2018: 52), transcurrió durante marzo-diciembre de 2019. Respectivamente, en las instalaciones de la Asociación Civil como unidad de observación.
De todos modos, en concordancia con Guber, R. (2001), se considera que “el campo no es un espacio geográfico, un recinto que se autodefine desde sus límites naturales -mar, selva, calles, muros-, sino una decisión del investigador que abarca ámbitos y actores como continente de la materia prima” (p. 47). De hecho, los análisis aquí presentes sopesan continuamente las barreras de la Asociación Civil y se adentran a los modos de hacer de la Iglesia Pentecostal con la cual se percibe innegable relación.
Para lograr los objetivos de investigación se utilizaron, principalmente, las siguientes técnicas: observación participante, entrevistas, redes sociales y diario de campo.

Observación participante

La decisión inicial fue la incorporación a las actividades genuinas de la comunidad, antes que recurrir a otro tipo de técnicas. En palabras de Guber, R. (2001:60), “si un juego se aprende jugando, una cultura se aprende viviéndola. Por eso, la participación es condición sine qua non del conocimiento sociocultural”. Así, el involucramiento llega a las diferentes terapias: grupales (con los jóvenes), familiares, multifamiliares (en conjunto con familias y jóvenes). También, a los denominados “talleres ocupacionales”: cine-debate y cocina.
La viabilidad de esta técnica fue favorecida por factores facilitadores tales como ser aceptada por la población, bajo el permiso de la ‘máxima autoridad’ -líder-coordinador-, quien fue el primer ‘pie’ para ingresar a este mundo. Por otro lado, una vez inmersa en la comunidad, el rol discreto y cordial, en coherencia con la caracterización de los espacios y el deshago emocional presente, permitió la creación de vínculos de confianza y relevante información.
En cuanto a los modos, la observación fue gradualmente creciente según las formas y los tiempos de participación de la investigadora. En un primer momento, se optó acompañar en las rondas, características de las terapias, con el mate y desde la escucha atenta. Con el tiempo, se manifestaban situaciones enmarcadas en confianza que se traducen en conversaciones informales, invitación a eventos extrainstitucionales o a meriendas. Estos hechos de accesibilidad de información y discursos únicos no hubieran sido posibles en otras circunstancias. La trayectoria institucional permitió dar cuenta de situaciones y sensaciones que, más tarde, los jóvenes, el coordinador y la psicóloga advertían en las entrevistas.

Entrevistas: Las pensadas y las logradas. El muestreo.

Para llegar a estas, fue pertinente tener conocimiento del campo-contexto y de las personas como posibles unidades de análisis. Así, la direccionalidad de las entrevistas persigue la lógica de ‘muestreo propositivo’ por centrar “su interés en un grupo específico de casos, tales serían el de caso crítico (...) que buscan incluir todos aquellos que cumplan determinado criterio” (Martinez-Selgado, C., 2011: 616). En este sentido, el criterio era formar parte del equipo o desarrollar roles-funciones en la intervención y ser sujeto destinatario de intervención.
Respecto a la primera población, al momento de pensarlas, estaba compuesto -según el coordinador- por trabajadora social y psicóloga. Posteriormente, como cual proceso flexible de investigación, se presenta la ausencia del rol de trabajo social y, además, la novedosa figura de “tallerista principal”, quien ejercía rol protagónico en las terapias familiares y grupales. Sin embargo, llegado el momento solo fueron posibles dos entrevistas al coordinador y una a la psicóloga. Las mismas han aportado al objetivo central desde ejes como: saberes de ex consumidor y otros saberes no profesionales como la expertise de “años en territorio” y las instituciones religiosas-espirituales, la implicancia del “trabajo interno” y la comprensión de los “comportamientos adictivos”.
En suma, en cuanto a las entrevistas dirigidas a los jóvenes, se decide seleccionar a cinco de ellos reconocidos en etapas diferenciales, con posibilidad de comparar sus propios procesos. Bernard (1994, citado en Kawulich, B., 2005) afirma que la observación ayuda al investigador a desarrollar preguntas que tienen sentido en el lenguaje nativo, pues, en ese momento existía la noción de ciertas categorías como “vieja vida”, “nueva vida”, “etapas diferenciales”.
Como contraproducente, cuatro de estos jóvenes dejan de asistir. Se mantiene la posibilidad con una de estas y se concreta entrevista con tres jóvenes más. Los dos primeros, transitaban la organización hacía semanas. La última, apenas solo un día. Gracias a este acercamiento es que fue posible el conocimiento de la nueva categoría nativa y principio de reflexión al que se denomina, más tarde, ‘situaciones límites’.
Estas tres últimas entrevistas comprenden un muestreo por conveniencia ya que “se trata de las muestras integradas por informantes cautivos o voluntarios, la selección es aquí menos rigurosa, sino que depende básicamente de la accesibilidad de las unidades. (Martinez-Selgado, C., 2011). Cada una de ellas, ha aportado a los objetivos específicos desde distintos ejes, a saber: motivo de llegada a la institución, experiencia-preferencias de las actividades, cambios notados en la trayectoria del tratamiento.

Distancia física, cercanía virtual: redes sociales

Las redes sociales funcionaron como instrumento favorable en la validación de datos. En concordancia con Restrepo, E. (2018) “las tecnologías de información y la comunicación son en sí mismas productos culturales y, en tanto tales, pueden ser objetos de escrutinio etnográfico” (p. 49).
Así, las constantes publicaciones en los “estados de WhatsApp” del coordinador, todos ellos con la terminación de una reconocida categoría etnográfica,” valientes”, habilita el uso de esta fuente información. Dicha categoría, hace referencia a la caracterización de cada uno de los miembros de la comunidad en reconocimiento de su lucha personal y, además, tiene intrínseca relación con un episodio bíblico: “los valientes de David, unos muchachos bastante problemáticos y su valentía los llevó a mejorar su calidad de vida” (Notas de cuaderno de campo. Octubre 2019). Algo similar ocurría con las cuentas de Instagram y Facebook -que por anonimato no se dejará constancia de las páginas- por su imperante actividad con el fin de darse a conocer al público desde el quiénes son, qué hacen, cómo lo hacen. De modo que, los días que la investigadora no participaba de las actividades resultaban fuente primaria de información.

Diario de campo: instrumento analítico y terapéutico

El diario de campo fue indispensable para registrar información que surge en el proceso de investigación, considerando que “las observaciones no son datos a menos que sean registradas en notas de campo” (Kawulich, B., 2005:24). Así, este instrumento resultó fuente de análisis, reflexiones e interrogantes. Además, se asumió como terapéutico, “en tanto encontraría en su escritura un ejercicio catártico del cúmulo de emociones y tensiones que pueden derivarse del mismo” (Restrepo, E., 2018:71), siendo allí explícitas inquietudes, emociones y sentires, meramente personales y en relación con el carácter inminente de desahogo emocional, tensión e intimidad de los espacios.

DIALÉCTICA HISTÓRICO-SOCIAL

Cobra importancia el desarrollo histórico y contextual con la finalidad de “ir más atrás y analizar los puntos de vista de los sujetos y las condiciones histórico-sociales en que se dan” (De Ieso, L. C., 2008). Recuperar tales aspectos permitió situar la problemática en estudio, comprender su origen y reflexionar sobre los matices que ha presentado desde aquel momento hasta nuestros días inclusive; lo que da cuenta de una correlación dialógica innegable.

La Iglesia Pentecostal: el credo de la salvación y conversión

La Asociación Civil en estudio es impulsada por la Iglesia Evangélica la cual conforma una rama del protestantismo. Esta última, a diferencia del catolicismo, “basa la autoridad religiosa de forma exclusiva en la Biblia como instancia superior a la «sagrada tradición» y se opone a la infalibilidad del Papa -y por eso su religión es evangélica, en lugar de apostólica, como el catolicismo-” (Semán, P., 2019; 27).
Este credo tiene sus inicios en Nueva York con objetivo de crear una fe alternativa para personas que no forman parte del catolicismo. Luego, llega a nuestro país en 1972 en Paraná, Entre Ríos. Particularmente en la localidad de Santa Fe, la iglesia se establece el 31 de octubre de 1987 en el barrio sur con el impulso del pastor principal quien es, además, una de las figuras principales en el proceso de recuperación del ex-consumidor, ahora coordinador de la comunidad teoterapéutica.
Esta continuidad y dialéctica entre instituciones, permite explicar cómo los postulados del culto aportan significado y comprensión sobre las estrategias de intervención de la comunidad. En referencia a la concepción de la enfermedad y, vale agregar, de los consumos problemáticos de sustancias bajo categorías, eminentemente religiosas, como “sanación” y “conversión”. Se sostiene que "Para los pentecostales, la enfermedad no sólo afecta al cuerpo, sino también al espíritu y el alma. El malestar se da por causa tanto de la enfermedad como del pecado. La regeneración completa es un acto de profunda significación simbólica, pues marca el inicio de la nueva forma de vida del creyente (…) La sanación se da en el nombre de Dios, de Jesús o del Espíritu Santo. Por esto se hace hincapié en el papel de doctores y tipos equivalentes (enfermeros, curanderos, etcétera) cuya intervención tiene límites, porque no logran una auténtica rehabilitación, que sí se obtiene de la divinidad" (Navarro, C. G., 2018).

La comunidad teoterapéutica: una alternativa de intervención

La comunidad evangélica se convierte en un actor social clave en la intervención de CPS por su agilidad territorial y capacidad de fomentar lazos cercanos con jóvenes y familiares. Galaviz y Ortiz (2014) señalan que una de las opciones terapéuticas alternativas, son los modelos apoyados en principios espirituales de base cristiana evangélica, que pueden explicarse por el crecimiento del pentecostalismo en América Latina.
En este contexto, se entiende a la institución estudiada como “comunidad teoterapéutica” (CTT) que forma parte de la familia de “comunidad terapéutica” (CT), pero con visible vinculación al Evangelismo. Retrospectivamente, la categoría de CT nace en los 50’ con el Dr. Maxwell Jones -psiquiatra inglés- quien, según Palacios, J. (2013) se percata del trato carcelario a los pacientes por parte del personal y construye una cultura terapéutica ideal para transformar el antiguo tratamiento coercitivo en un proceso educativo y de reaprendizaje social. Crea condiciones medioambientales y relacionales, entre pacientes, personal e involucra a familiares y amigos lo que les permite desarrollarse en un ambiente de carácter libertario.
Con similitud, en Argentina en la década del 60’, las CTS estuvieron vinculadas a la psiquiatría, principalmente, a través de Mauricio Goldenberg quien, según Levin, L. (2013) difundió una concepción de psiquiatría que enfatiza la importancia de los factores sociales en la salud mental. Por tanto, el concepto de “comunidad terapéutica” preexiste a organizaciones con finalidad de intervención en CPS y adicciones, aunque pueden identificarse, años más tarde, con estas. Es oportuno señalar entre las más reconocidas por su carácter pionero y de larga trayectoria: Anónimos (AA); Narcóticos Anónimos (NA); Synanon, Daytop; Proyecto Hombre.
En principio, AA surge en 1935 en Estados Unidos como un lugar de encuentro de personas con problemas de alcoholismo que descubrieron que compartir sus experiencias les ayudaba a sostener la abstinencia (Levin, L., 2013). A posteriori, el surgimiento de NA como extensión de la primera.
En nuestro país en particular, AA comenzó a funcionar en el año 1953. El precursor fue el Dr. Pochat, que conoció el dispositivo gracias a su trabajo previo en una clínica de EE. UU. (...) Actualmente AA tiene amplia cobertura en todas las provincias. Narcóticos Anónimos (NA) es otro programa que funciona con la misma matriz ideológica (...) destinado a usuarios de drogas ilegales (...) este programa surgió en California en 1953 donde exadictos a la heroína se separaron de AA (...) En Argentina, comenzó a funcionar en 1986, y actualmente se extiende por (…) las 24 provincias (Pawlowicz, M. P., et al. 2010).
En estas, comienza a desarrollarse el Programa de Doce Pasos, el cual apela a la existencia de una “entidad sobrehumana como una guía que acompaña y es fuente de fortaleza (De Dominicis, 1997 en Pawlowicz, M, P., et al., 2010). Con objetivo en la abstinencia de sustancias, mediante la subordinación de esa fuerza superior. Es decir, se sostiene que “el adicto debe incorporar la creencia de un Poder Superior, una entidad que no necesariamente asume la forma de las figuras transcendentales de las religiones, pero debe cumplir el requisito de ser más poderoso que la voluntad individual” (Camarotti, et al., 2018).
Más tarde, en 1958, un ex residente de AA, Charles Dederich, funda Synanon en California, Estados Unidos. Se trata de “un programa con personas heroinómanas y sustituye lo religioso de AA por ideologías más seculares, aunque aún muy basadas en el carisma del personaje fundador” (Palacios, J., 2013:5). A continuación, en 1963, el Padre O’Brien fundó Daytop en Nueva York. Institución reconocida por ser la primera en incluir a profesionales en la intervención. La incorporación de este tipo de saberes genera un carácter asociativo a las CT originarias en el ámbito psiquiátrico y a la CTT en cuestión la cual intenta incluir saberes disciplinares.
Por último, en el año 1969 el Centro Italiano de Solidaridad (CEIS) decidió implementar en Roma un Programa de Rehabilitación y Reinserción, denominado Proyecto Uomo o Proyecto Hombre. La cual viene a incorporar otro tipo de saberes como ser los “valores familiares y sociales” (Goti, 1990; en Levin, L., 2013: 31).
Específicamente en el contexto nacional, Algranti J. y Mosqueira, M. (2018) enfatizan sobre la sociogénesis de dispositivos evangélicos en salud colectiva y reconocen tres impulsos de ‘espiritualización terapéutica de la conducta adictiva’.
El primero, se inicia en 1973 con la creación del ‘Grupo Andrés’ en la localidad de Villa Adelina –zona norte de Buenos Aires- por iniciativa de Carlos Novelli. El segundo, en 1980 y supone la emergencia de una constelación de emprendimientos locales de evangelización y asistencia a ‘drogadictos’. El tercero, en 1990, fruto de la transnacionalización de ministerios evangélicos de rehabilitación de adicto procedentes de Estados Unidos y Europa (pág. 309).
En cuanto al primer impulso, el Centro de Rehabilitación Cristiano de Adicciones “Programa Andrés” seguía la línea de las reconocidas “granjas comunitarias”, al que Novelli -creador y ex consumidor- atañe una fuerte impronta religiosa por su propio tránsito de rehabilitación asociado a dicha dimensión.
Con posterioridad, se desarrolla un proceso de formación en materia de adicciones que dinamiza “la primera formación de operadores socio terapéuticos del país (...) estas capacitaciones fueron determinante para la profesionalización de los referentes de ‘comunidades de vida’ pioneras (Algranti y Mosqueira, 2018:310), ya que, según Levin, L. (2013) todavía las comunidades seguían siendo manejadas principalmente por exadictos y líderes religiosos.
Esto podría pensarse como continuidad de instituciones hoy existentes y, específicamente, en vinculación con la CTT estudiada donde el líder personifica el rol de autoridad en la institución principalmente por su experiencia -y saber- adquirida por ser ex consumidor. Característica que, además, refiere al segundo impulso de ‘espiritualización terapéutica de la conducta adictiva’ donde “la mayoría de los ministerios pentecostales emergentes en 1980-1990 fueron impulsados por personas de bajos recursos, exadictos” (Algranti y Mosqueira, 2018).
Por último, sobre el tercer impulso producto de la “transnacionalización de ministerios pentecostales”, se pueden encontrar entre los más nombrados: Desafío Juvenil, Reto a la Vida y Remar. La primera, surge en los Estados Unidos en 1958 (…) por parte del Pastor protestante David Wilkerson” (Palacios, J., 2013) y arriba al país “a comienzos de 1990 en articulación con la denominación pentecostal “Unión de las Asambleas de Dios” (Algranti y Mosqueira, 2018). La segunda, es una fundación evangélica, “surgida en España a fines de la década de 1980 y actualmente en más de 30 países, inició sus tareas en Argentina en 1989, en la provincia de Misiones (…) hoy posee casas de atención en seis provincias” (Jones y Cunial, 2017:109). La tercera, según Grippaldi, E. (2013:8) es una “comunidad terapéutica abierta (…) comienza sus actividades en España, en 1982. Llega a Argentina en 1992 y, expandiéndose progresivamente por distintas provincias, llega a Santa Fe en 2001”.
Esta serie de organizaciones son reconocidas, según Palacios, J., (2013), desde la categoría de CTT que dan origen al movimiento de centros de rehabilitación inspiracionales-religiosos donde definen como concepto básico el cambio de vida a través de un encuentro personal con las enseñanzas de Jesús, quien es el modelo de referencia para el mencionado cambio. Si bien es cierto, originalmente no se llamaron Comunidades teoterapéuticas, en los albores de la última década se les reconoce de este modo, originándose a partir de ellas un fuerte y sólido movimiento evangélico que ha tendido a responder a esta problemática social en muchos países latinoamericanos (p. 5)
Vale agregar que, según Jaramillo, H. O. (citado en Marcía y Orejuela, 2007), en este tipo de alternativas predomina la presencia de líder como un pastor evangélico y el grupo líder está compuesto por voluntarios de la iglesia, en su mayoría ex consumidores que realizan el abordaje terapéutico desde su testimonio de reeducación y rehabilitación. Solo en algunos casos, se cuenta con la participación de psicólogos, psiquiatras, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales y personal de enfermería. En sintonía, la CTT que nos ocupa, se conforma por un líder (coordinador) quien interviene, como mencionamos, principalmente desde su experiencia como ex consumidor. A su vez, acompañan a esta figura los pastores de la iglesia, la psicóloga quien asume su rol en la distancia, la tallerista principal, las familias y, con menor recurrencia, couseling o estudiantes de carreras afines a la psicología conductual y líderes de la iglesia.
En términos generales, la CTT apuesta al control de emociones para poder combatir “comportamientos adictivos”. El objetivo es aprender a observar actitudes y comportamientos asumiendo una relación con lo espiritual, donde la palabra de Dios, el rezo, la música cristiana, el material de psicoeducación, las terapias en grupo y la reestructuración social, son el camino para llegar a estilos de vida o hábitos “ideales”.

CONSUMOS PROBLEMÁTICOS DE SUSTANCIAS: LA CONSTRUCCIÓN DE UN PROBLEMA SOCIAL PARA UNOS Y PARA OTROS

Las formas de nombrar y nominar al otro son modos de pensar-ser-decir de quienes acompañan y vivencian el proceso de tratamiento. En palabras de Castro, A. (2014), “los procesos de nominación son espacios móviles donde se opera la producción social de la diferencia y cualquier ‘saber del otro’ implica un modo de concebirlo, de entenderlo y de intervenir” (p. 1).

¿Qué significa hablar de “consumos problemáticos de sustancias”?

Los “consumos problemáticos” van más allá de los límites de el/los objeto/s o las sustancias. Desde una mirada integral y de derechos, se entiende a la problemática como “aquellos consumos que -mediando o sin mediar sustancia alguna- afectan negativamente en forma crónica, la salud, la física o psíquica del sujeto, y/o relaciones sociales” (Ley 26.934, 2014).
No obstante, en esta investigación se hace notoria el carácter predominante de las sustancias psicoactivas en las singularidades y relatos de los jóvenes de la comunidad desde la hegemónica perspectiva binaria de legalidad-ilegalidad o de demonización lo que significa "concebir que la sustancia ingresa en el organismo y corrompe el alma, corrompe la moral, corrompe la virtud, la conducta, hace cosas (…) con la idea de que la sustancia me hace adicto (…) De este modo, una construcción de la cuestión de las drogas asociada a la transgresión de la ley excluye las responsabilidades de la propia comunidad y reduce las intervenciones a las meramente punitivas" (De Ieso, L. C., 2008:3). En cambio, se parte de considerar que hablar de CPS establece que también existen consumos no problemáticos de sustancias lo que posteriormente permite impugnar la idea de que la simple tenencia no constituye en problema. Vale aclarar, no incurre necesariamente en un problema para la salud y tampoco generaría daños a terceros, aunque en la Ley 23.737 (1989) se sostenga lo contrario. Así, dicha categoría implicaría nuevas preguntas, es decir, vendría a reemplazar el interrogante instalado en discursos punitivos como ser “¿qué tipo de sustancias –legales o ilegales- incurren en las singularidades?, para ahondar más bien en “¿por qué algunos consumidores (todos nosotros) se tornan consumidores problemáticos y otros no?”.
Al mismo tiempo, posibilita realizar una lectura integral del problema. En perspectiva, Carlos Damin (2015) considera tres ámbitos necesarios para que se pueda dar uso problemático: un contexto social, una persona atravesada por situaciones particulares y una o más sustancias. Por tanto, las personas podemos mantener diferentes vínculos con las sustancias, a estos, podemos clasificarlos en uso, abuso y dependencia.
En este sentido, Touzé, G. (2015) postula que la diferencia entre uso, abuso y dependencia es más una diferencia cualitativa respecto de las motivaciones y el contexto del consumo, que una diferencia cuantitativa con relación a la cantidad y la frecuencia de sustancias consumidas. Es decir, las mismas dependen mucho más de las características de la persona y de su entorno que del tipo de sustancia que se consumen, cuestionando la relación mecánica entre sustancias y abuso o dependencia. Así, la problemática existe cuando atenta contra la salud y la construcción de proyectos de vida. Y, aún desde su práctica, es dable comprender que no todos los consumos son iguales, pues, parte integrante de la categoría es la singularidad e historia de cada individuo y de los vínculos que se producen entre sujeto-contexto-sustancia.

El nominar etnográfico: “comportamientos adictivos”

Las actividades de la comunidad giran en torno a la modificación de conductas. En coherencia a la alternativa de intervención, “todo el tratamiento de una CT se basa en el Modelo de Aprendizaje Social que utiliza a la comunidad como vehículo terapéutico primario para promover el cambio comportamental” (Levin, L., 2013). De ahí que la categoría etnográfica para nominar la problemática sea “comportamientos adictivos” que alude a la debilidad de carácter o a la conducta emocional no deseada e inmoral. Esto es claro en los estados de WhatsApp que suelen culminar con la frase “valientes, formando carácter”.
Efectivamente, son variados los objetos que pudieran corromper el “carácter”, entre los más nombrados, el juego o la pornografía. Sin embargo, ha lugar, priman las “sustancias” establecidas desde la demonización y la tentación:
Las drogas son un placer inmediato, algo que se repite en cada encuentro es el ‘lo quiero ya’, ‘la inmediatez y la conducta emocional que no se controla por eso es necesario el “trabajo interno” en donde se deben adquirir herramientas para solucionar los problemas (Notas de cuaderno de campo. Mayo 2019).
En evidencia, lo novedoso en este concepto es su carácter arraigado a dimensiones emocionales-espirituales que se animan a explorar causas más allá de explicaciones sociales y biológicas. Entendiéndose aquello “no visible” central e ideal para intervenir desde la “sanación” -en términos pentecostales- como solución al problema. En otras palabras, se determina, “una diferencia fundamental entre la curación y la sanación. La primera, vinculada a las prácticas médicas, va dirigida únicamente al cuerpo (…) mientras que la sanación, que proviene exclusivamente de Dios, busca restaurar el alma” (Hernández OLO y Odgers Ortiz, O., 2017).
Razón por la cual prima, además, la categoría nativa de “trabajo interno”, en respuesta al tratamiento, como trabajo espiritual, del alma y la psiquis de los participantes. Presupone, una concepción de sujeto que puede gobernar el mundo, dominar la realidad, controlarla. Se presenta, el desarrollo de su mundo interno a la usanza de una suerte de gimnasio del alma, donde la parte imperante es desarrollar músculos que, de manera simbólica, serían la voluntad, la adhesión a determinados valores.
Así, su despliegue resulta de una labor de “paso por paso”, un proceso arduo y lento que intenta a través de la autorreflexión constante el cambio moral, “esa suerte de devoción conductista de la dimensión reflexiva del residente (…) son psicoterapias que visan algo así como una expiación colectiva que marca límites (…) entre el bien y el mal” (Castrillón Valderrutén, M., 2008).
En definitiva, los “comportamientos adictivos” son, en ocasiones, sinónimo de “consumo problemático de sustancias”. Sin embargo, interesa remarcar la diferenciación o, quizás, el dilema categorial al definir y entender la problemática. Mientras que para unos podría existir la noción de consumos no problemáticos solo cuando afectara a la salud mental del sujeto y su cotidianeidad, para otros, y para la comunidad de estudio, es problemático todo tipo de consumo ya que cualquiera podría significar recaída y pecado. Así, el hecho de que corrompa el “alma” instala la intolerancia absoluta del consumo.

Reforzar el “hombre interior”: reeducación de conductas

La reeducación de conductas se presenta a través del ‘trabajo interno’. La misma, además de referir al control de emociones, estima la creación y búsqueda de propósitos de vida con la intención de dar fin a los comportamientos adictivos. Para esto, es necesario "Aprender a tener un control de las emociones, aprender a dominar uno el pensamiento, aprender a relacionarnos sanamente, aprender a tener herramientas para enfrentar ciertos estímulos (…) reforzarse en el hombre interior por así decirlo y enfrentar la situación de una manera distinta como consecuencia el abandono del consumo" (Coordinador, en comunicación personal, 6 de septiembre de 2019).
En esta línea, los temas que se trabajan en cada actividad son: amor propio, autoestima, confianza-autoconfianza, inteligencia emocional todos ellos vinculados con la moral cristiana de referencia desde la figura representativa de “poder superior”, en este caso, según la imagen y semejanza de Jesús establecida en la Biblia.
Previamente, son dos las categorías básicas para ahondar, luego, en dichos aprendizajes. Se trata de "sentimientos" y "emociones”. En cada oportunidad se dice que, los sentimientos son un sentir constante y prolongado propio de las personas, pueden ser amor y odio. En cambio, las emociones se construyen a partir de las experiencias de vida y son cinco “ira, miedo, felicidad, disgusto que es como sentir asco y amor, el ser humano nace y muere con esas emociones” (Notas de cuaderno de campo. Agosto 2019) sobre las cuales se sostiene el arduo trabajo interno, puesto que, las conductas adictivas serían resultantes de aquellas emociones negativas e individuales.

“MENOS DIAGNÓSTICOS SOCIALES Y MÁS AMOR”: INTERVENCIÓN DESDE SABERES PROFESIONALES Y NO PROFESIONALES

A los fines del estudio, se analizaron las estrategias de intervención desde actores-roles en despliegue de “saberes”, clasificados en profesionales y no profesionales. Tal división entre saberes no implica rigidez. Más bien, en este caso, no depende estrictamente de que el actor sea profesional para llevar adelante saberes profesionales. Cada actor desempeña indistintamente saberes debido a la fina línea entre profesional-persona, profesional-familia, profesional-cristiano.
Incluso, en los discursos etnográficos prima el término “profesional cristiana”. Esta idea se encuentra en sintonía con el planteo de los autores brasileros Ribeiro FML. y Minayo MCS. (2015) quienes distinguen en estas alternativas de intervención terapéuticas la labor de 'profesionales evangélicos', tales como: psicólogos, abogados, trabajadores sociales y médicos, en su mayoría voluntarios. Asimismo, se manifiesta la existencia de actores que despliegan en su accionar saberes profesionales, por motivo de transitar carreras terciarias y universitarias, afines a la psicología conductual o al control de emociones. Por ejemplo, la tallerista como estudiante del Profesorado de Psicología en la UADER (Universidad Autónoma de Entre Ríos), el coordinador como estudiante de la Licenciatura de Psicología en la UADER y las couseling en Instituto Tecnológico de la ciudad.
Finalmente, se presentan otros saberes desde el rol de las familias, poseedores de experiencias habilitantes para sostener y ayudar a las nuevas familias que se suman al tratamiento. De las mismas, se desconoce si también son poseedoras de saberes profesionales, aunque es explicito que la mayoría transita los espacios de la Iglesia y, por tanto, profesan la fe cristiano-evangélica.

El rol de los pastores

Los pastores son líderes religiosos del más alto escalón de superioridad y asumen responsabilidad en la organización desde “afuera” como mecanismo de control. Se basan, generalmente, en saberes no profesionales provenientes de la espiritualidad y la fe en dios que aluden a la virtud para realizar valoraciones morales.
En realidad, desarrollan un rol permanente en la iglesia, pero se presentan como guía y acompañamiento espiritual de la CTT, desde su génesis por haber sido parte integrante de la recuperación de quien hoy es coordinador. Asimismo, los pastores son aptos para desarrollar funciones de supervisión cuando las circunstancias lo ameritan.

Un líder carismático: el coordinador y su experiencia como ex consumidor

El coordinador impulsa la creación de la comunidad teoterapéutica desde saberes no profesionales como pilares fundamentales en las estrategias de intervención. Estos son, por un lado, la experiencia como ex consumidor resultante de la fe en Dios y, por otro lado, la experiencia en la realización de talleres en cercanía con familias y jóvenes en situación de consumos.
Por consiguiente, su liderazgo confluye en un todo armónico por la presencia de vínculos horizontales en la dinámica organizacional, de ahí la pretensión de evitar el establecimiento de jerarquías. Tal cuestión se refleja, por ejemplo, en el auto percibimiento del líder como “uno más del grupo” (Notas de cuaderno de campo. Octubre de 2019). No obstante, en contadas circunstancias se apela a la demostración de autoridad.
Al respecto, Weber establece la existencia de tres tipos de dominación legítima, una de ellas presenta semejanza con el hacer del coordinador. Esta es, el carácter carismático que “descansa en la entrega extra cotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona fundada (...) en el caso de la autoridad carismática se obedece al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez” (Cazzaniga, S., 2010:3). Así, el poder real o las capacidades del líder son irrelevantes, siempre y cuando los seguidores crean que tal poder existe.
Ha lugar, el poder se fundamenta por el estilo ejemplar de vida del coordinador en base a la experiencia como ex consumidor apoyado en el testimonio de su propia historia y de cómo la dimensión espiritual-religiosa resultó fundamental en el proceso de rehabilitación. Por esta razón otorga motivación a otros jóvenes y esperanza a las familias agobiadas y angustiadas.
A su vez, este carácter heroico conlleva a la plena confianza para cada decisión de vida de los jóvenes, propia de la relación líder-discípulo (dinámica genuina del credo pentecostal), pues, las relaciones de asimetría entre el coordinador y los miembros se irán acortando, dependiendo el nivel de “trabajo interno”, muchas veces manifestado en la abstinencia.
Por otro lado, como mencionamos, esta figura protagónica posee otros tipos de experiencias que devienen de los años en el territorio y que impulsan la conformación del proyecto institucional. Resaltan las experiencias en el desarrollo de los talleres y la alusión al saber de “buen orador” (Notas de cuaderno de campo. Noviembre 2019), definida también por “años de terapia”. En sus palabras, “yo llego acá [espacio de terapia] y en el momento me iluminan y se lo que voy a dar y decir” (Notas de cuaderno de campo. Diciembre 2019).
Otro aspecto para destacar es que pese a los saberes profesionales que podrían desplegarse en entonación por su trayectoria como estudiante de psicología, en su rol hace uso preferente de la experticia. Así, enfatiza: “más allá de lo que dicen libros (…) me quedo con los relatos de las personas, de mis experiencias por haber trabajado con consumidores y mi experiencia personal como ex consumidor” (Coordinador, en terapia grupal, 13 de marzo de 2019).
Finalmente, dichos años de experiencia, resultan conformes a una fuente de poder que está ligada al campo de las relaciones entre la organización y su entorno que determina una suerte de doble legitimidad en su intervenir. La primera por sus saberes de experticia. La segunda, que deviene de la anterior, por los múltiples lazos creados con el exterior.

La familia y la feminización del cuidado

Las familias asumen un rol responsable en la intervención, principalmente, desde saberes que se fundamentan en la experiencia de haber acompañado a cercanos en situación de consumos problemáticos. Además, de saberes que suelen atribuirse al grupo familiar, como el amor y la virtud del lugar seguro.
Por esta razón, su principal función es el “cuidado” durante y post tratamiento. En palabras de Esquivel, V. (2012) “la idea, aún prevaleciente en muchos lugares, es que los vínculos familiares dan como resultado relaciones de cuidado de calidad, basadas en relaciones afectivas y fuerte sentido de responsabilidad" (p. 21).
No obstante, se considera que es necesario primero generar herramientas para el proceso de cambio comportamental para luego funcionar como factor protector en el sostenimiento “ideal” de los jóvenes.
Aspectos que se despliegan en “terapias familiares” y “multifamiliares” donde se dictan las mismas temáticas y, a veces, idénticas que las “terapias grupales”: control de emociones, roles intrafamiliares ideales, autoestima. En palabras del coordinador, la dinámica con las familias es necesaria para “ir comprendiendo la problemática y a los chicos”. A su vez, sostiene que estos espacios "brindan un acompañamiento familiar ya que en la problemática el compromiso es de todos, una persona puede salir de la adicción y cambiar, pero vuelve a la familia que sigue igual, en cuanto a pensamiento y comportamiento y ¿qué pasa?" (Notas de cuaderno de campo. Agosto de 2019).
En este punto, la preocupación constante gira en torno a la noción de “límites intrafamiliares”, causa que se presume como desencadenante de los CPS, y que suelen relacionar con la masculinidad y la ‘mano dura’. En manifestación de la “ausencia” de los hombres en los cuidados de los hijos producto de la división de las tareas que, generalmente, atribuyen a los hombres al trabajo productivo -trabajo asalariado- y a las mujeres al trabajo reproductivo -las tareas del hogar y el cuidado de los hijos-. Inclusive, en la comunidad se manifiesta la feminización misma del cuidado, es decir, según los relatos y la presencia mayoritaria son las mujeres quienes asumen estrategias de lucha, contención y solidaridad hacia otras madres, en mayor medida que los hombres.

Saberes profesionales: una forma de legitimación

El principal quehacer institucional no hace referencia al despliegue de saberes profesionales, sino más bien a la “contención” expresada por el líder como el primer tipo de intervención. Por consiguiente, sostiene que “para salir de las drogas no hay teorías se necesita el amor a uno mismo” (Coordinador, en comunicación personal, 6 de septiembre de 2019). Ello, en armonía con antecedentes de OSC religiosas donde “los profesionales sólo abordarían los síntomas superficiales, pero no las causas estructurales del problema” (Güelman, M., 2018:4)
Aunque, por un lado, perciben el mérito del saber profesional con capacidad de generar otro tipo de diagnósticos: “luego de las entrevistas con la psicóloga donde ya tenemos más conocimiento de causa científica nos atrevemos a hacer otro tipo de intervención como proponer ... distintos espacios que llevan al abandono absoluto de la sustancia” (Coordinador, en comunicación personal, 6 de septiembre de 2019). No hay registros de las entrevistas con la profesional o de su seguimiento por lo que fue difícil explorar y profundizar sobre ello.
Por otro lado, en las actividades suelen resaltar nombres de emblemáticos profesionales o fuentes científicas como forma de legitimación y veracidad de los discursos y prácticas instituidas en la comunidad. En aval a la centralidad de las causas espirituales-religiosas impugnadas en los “comportamientos adictivos”.

Lo religioso-espiritual para la sostenibilidad del tratamiento

En este apartado, conviene diferenciar categorías recurrentes en la comunidad, estas son: “espiritualidad” y “religiosidad”. La primera, puede ser definida como la búsqueda personal de la comprensión de las cuestiones últimas de la vida, su sentido y relación con lo sagrado, lo trascendental, sin necesariamente conducir u originar rituales religiosos. La segunda, es entendida como una creencia que el individuo practica de forma organizada, frecuentando templos, orando y leyendo libros religiosos (Ely, A. y Mendes Calixto, A., 2018:588).
Asimismo, algunos autores (Richard et al., 2000; Hodge et al., 2001; Dalgalarrondo et al., 2004; Sánchez et al., 2004; Sánchez y Nappo, 2008; Silva et al., 2014) sostienen que la religiosidad puede constituir un elemento que ayude en el proceso de recuperación de adicciones dado que brinda apoyo, contención y una red de protección para el rescate de la identidad y la autoestima, así como enriquecimiento social por los nuevos vínculos que adquiere el residente o exresidente. A su vez, es señalada como uno de los principales factores protectores frente a las recaídas, una vez finalizado el tratamiento (Güelman, M., 2018: 2).
No obstante, las categorías teóricas pueden presentarse desde diferentes significados, según cada contexto particular; tal como se evidencia su uso indistinto y/o categorización simultánea en la asociación civil de referencia, en la que respecta, lo religioso-espiritual son dimensiones complementarias y centrales en las estrategias de intervención y, por tanto, no se “negocian”. Según Camarotti, A., Güelman, M. Azparren, A., (2018) en este tipo de alternativas no están dispuestos a modificar sus prácticas terapéuticas (obligatoriedad de las actividades religiosas, entre otras) por considerar que al hacerlo el tratamiento no sería efectivo. En palabras nativas, se sostiene: "Desde mi punto de vista personal considero que es importante para independizarse de la institución, para justamente no institucionalizarse, ósea lo considero muy importante desde el lugar de me llevo algo propio y personal (…) puedo verlo en mi otro lugar de trabajo [institución de Santa Fe] en donde no se trabaja lo espiritual y los chicos terminan buscando a su manera comprometerse con alguna religión (…) el área espiritual es importante para cualquier ser humano, podemos potenciarlo donde hay una problemática de esta dimensión como las adicciones" (Coordinador, comunicación personal, 2 de marzo de 2019).
Adrede, la consideración de que si no se produce interiorización del orden religioso “las expectativas terapéuticas son muy limitadas” (Güelman, M. (2018: 12) y, por tanto, el sujeto de intervención no ‘se independizaría de la institución’ –y del tratamiento-; a pesar de que relatos de los jóvenes aseguren la asistencia a la Iglesia Pentecostal, aún después del transcurso por la CTT.
Finalmente, “el discurso religioso adquiere una importancia central ya que le ofrece un sostenimiento a largo plazo bajo la rúbrica de la trascendencia espiritual” (Castrillón Valderrutén, M. 2008:87). Algo similar ocurre en la comunidad, donde estas prácticas asumen la función de “lo duradero”, es decir, hacer duradero que el sujeto se abstenga a las sustancias, este alejado de posibles tentaciones y sea fiel a conductas de acuerdo con la moral-cristiana instituida.

La alabanza como estrategia de intervención

En la comunidad el rezo es la práctica religiosa por excelencia y se sostiene al inicio de meriendas para “bendecir” los alimentos o al cierre de cada terapia o taller para agradecer lo compartido o pedir fortaleza. La música cristiana, por su parte, acompaña como una suave melodía. Sus letras reiteran palabras de aliento ante situaciones de vulnerabilidad o expresan el amor a dios. Del mismo modo, se destacan las actividades de la Iglesia pentecostal (células, campamentos, cultos dominicales, etc.) como proceso complementario al tratamiento con la finalidad de “que los principios propuestos por Jesucristo comiencen a formar el fundamento moral de los fieles” (Sánchez ZM y Nappo SA., 2008: 269).
La suma de estos dispositivos religiosos, a pesar de no poseer un carácter obligatorio, a largo plazo se convierten en habituales para todos los miembros de la organización. Por ejemplo, en un primer momento, a los recién llegados que no acostumbran a rezar se les ruega respeto como una forma de acatar el momento en silencio. No obstante, para la gran mayoría no es algo alejado a su cotidianeidad ya que, previa y/o simultáneamente, frecuentan los espacios de la iglesia. Inclusive el equipo avala la postura de aceptación e incorporación de dichas prácticas lo que puede evidenciarse en relatos tales como: "¿el paciente que no es cristiano puede ir a la institución? Si, ósea puede (…) obviamente que hay muchas reglas que en otras instituciones se pasan por alto ¿me entiendes? al haber una ideología cristiana uno va a decir bueno a la mañana se toma un tempo para meditar (...) y el que va tiene que aceptar también esas formas, como en cualquier otra institución, como una escuela" (Psicóloga y miembro de la iglesia, en comunicación personal, 17 de octubre de 2019).
Específicamente, desde la experiencia de la investigadora, estas prácticas religiosas eran reconocidas -superficialmente- por familiares que frecuentaban el culto pentecostal. Sin embargo, no era posible reconocer el real significado, por ello, se recurrió a interrogantes (¿qué significa rezar para ellos?; ¿qué es la música cristiana?) que habilitaron nuevos sentidos a través de charlas informales con familiares y la apertura de un libro clave y de uso cotidiano en la Iglesia y la comunidad.
Este último, explica y sintetiza que el rezo, la música cristiana, el canto, la palabra de dios y todas aquellas prácticas religiosas manifestadas son expresión de ‘adoración’ o ‘alabanza’. Su significado radica en entender a estas como un “acto de homenaje o de reverencia a Dios” (Meyer, J., 2003) y, por tanto, funcionan como herramienta para enfrentar al diablo –figura que personifica el mal- y a cualquier guerra espiritual que pueda presentarse en los individuos a través de los comportamientos adictivos y las sustancias o todo aquel objeto que corrompa el carácter.
En este sentido, se percibe cierta vinculación entre las categorías teóricas y etnográfica religiosidad-espiritualidad-trabajo interno y se concluye en que todas favorecen y posibilitan sensación de liberación o desahogo emocional producto de situaciones vulnerables que se vivencian en cada cotidianeidad. En otros términos, Ely, A. y Mendes Calixto, A., (2018) afirman que la dimensión religiosa-espiritual mostró tener un reconocido potencial terapéutico, no sólo por el aporte espiritual, sino también psicológico y moral, como uno de los pilares que ayudan al paciente a mantener la esperanza, una fuerza interna para superar las dificultades.

La reestructuración de lazos y la contención

El apoyo mutuo, la escucha atenta y la contención son parte de las trayectorias de los sujetos de intervención y se manifiestan, también, en la asistencia institucional -aún fuera de los horarios de actividades establecidas- bajo una serie de argumentos: estar aburridos, sentirse solos o emocionalmente angustiados. Según Palacios (2013), dichas relaciones son características de las CT y son la base de una futura red de apoyo externo.
Esta calidez institucional descansa en la confianza de “pactos informales” y de confidencialidad. Lo que se puede notar en relatos tales como:
acá adentro todos nos cuidamos, no vamos a salir a contar, acá nos desnudamos, acá nos exponemos (…) allá afuera no están permitidas las lágrimas (…) acá es como decir voy a la iglesia y abrir el corazón estos son espacios que nos presionan sanamente a vomitar lo que tenemos dentro, es el camino (Coordinador, en terapia multifamiliar).
De manera que, se establece diferenciación de tipos de sociabilidad existentes: por un lado, los lazos sanos, confiables, cooperativos (del adentro); por el otro, los lazos insanos, no confiables y egoístas (del afuera). La socialización del “adentro” de la comunidad se identifican como el “lugar seguro” e implica participación en diversas actividades y personas alejadas al “mundo de las drogas” (Camarotti, A., Güelman, M. Azparren, A., 2018). Este círculo se extiende a la iglesia misma.
Así, la eficacia del tratamiento depende de la pertenencia en la sociabilidad ‘del adentro´. ideal para dejar atrás consumos de sustancias. En clave, se sostiene: “las drogas nunca van a saciar el contacto humano” (Coordinador, en terapia familiar). Aunque, a menudo, los jóvenes suelen manifestar no dejar de lado los círculos de sociabilidad a los que antes pertenecían, pero si haber tomado cierta distancia o, en su defecto, relacionarse lo “justo y necesario”.
Por todo ello, la intervención con terceros significativos juega un rol importante en el tratamiento. En vista de considerar que, para crear un entorno seguro y sano, primero es necesario brindar herramientas conducentes a la modificación de conductas. Esto es, la reestructuración de lazos –o ‘reprogramación’ en palabras de la psicóloga cristiana- que se presenta de manera indisoluble al “trabajo interno” y significa, también, “la resocialización de los jóvenes a través de la reestructuración de la red de amigos, colocándolos en un entorno sin suministro de drogas” (Sánchez ZM y Nappo SA., 2008: 267).
Por último, se estima que estos lazos se refuerzan con la actitud-rectitud de sacrificio de los miembros, en reciprocidad a los servicios ofrecidos que no están dispuestos a perder. En otras palabras, Palacios (2013) señala el uso de normas y valores compartidos que son característicos en estas alternativas y los sostiene como factores protectores de la integridad física, emocional y psicológica de la comunidad.

Duración del tratamiento

Los criterios institucionales necesarios para el ‘alta’ en el proceso terapéutico, giran alrededor de dos concepciones. Por un lado, se hace referencia a la noción de la problemática como “enfermedad crónica y progresiva: “Al ser interpretado como una enfermedad crónica el consumo de drogas permite su recuperación, pero no su cura. La recuperación se mantiene mientras la persona no vuelva a tomar contacto con la sustancia” (Camarotti A., Güelman, M., y Azparren, A., 2018: 32-44). En coherencia, ‘el tratamiento es de por vida´ al considerar que los sujetos siempre están en peligro de posibles tentaciones y, con ello, de recaídas. Por otro lado, se hace alusión a la controversia entre la “no institucionalización” y, al mismo tiempo, el “no establecimientos de tiempos”. Pese a estas concepciones, la culminación del tratamiento puede establecerse solo a partir posibles sistemas de defensas “en este sentido más que hablar de tiempo de tratamiento se hace necesario establecer criterios para el alta terapéutico” (Palacios, 2013:11).
Asertivamente, un requisito principal al ‘alta es la ‘madurez emocional”, es decir, “llegar al grado de madurez para poder controlar las emociones y llegar a una mejor calidad de vida” (Notas de cuaderno de campo. Junio 2019). Para lograr este criterio es necesario haber transitado la etapa de “pedido de ayuda” que significa para los nativos haber tomado conciencia de la problemática.
Otro requisito, es la lograda y sostenida “reestructuración o creación de lazos sanos”, identificados como apoyo durante y post tratamiento en aras a evitar tentaciones apoyo para ejercer voluntad.
También, se reconoce como criterio “el descubrimiento y desarrollo del plan de vida” que “apunta al hecho imprescindible de que la persona haya sido capaz de conocer y reconocer sus fortalezas y debilidades” (Palacios, 2013:12). Esto significa para la comunidad la capacidad de responder a la pregunta, recurrente en los talleres, “¿para dónde voy?” que supone haber “trabajado internamente” sobre interrogantes como “¿quién soy?” y “¿de dónde vengo?”
Finalmente, el criterio que se destacada es la dimensión “religiosa-espiritual”, como sostenimiento duradero de todas las anteriores, con la finalidad de ser constantes en los logros obtenidos y conductas modificadas.

LA INTERVENCIÓN EN PRIMERA PERSONA: DESDE LA VOZ DE LOS SUJETOS DE INTERVENCIÓN

Las trayectorias y narrativas de los sujetos de intervención son parte integrante de la comprensión del estudio. De este modo, en este apartado se desarrolla la propia versión de los protagonistas desde los grupos diferenciados predominantes en la cultura de la comunidad y, luego, los discursos narrativos que concluyen en “conversión” de identidades y subjetividades.

Grupos diferenciados y etapas de los valientes

Los jóvenes se reconocen según sus cambios de comportamientos que dependen, a su vez, de los niveles de compromiso con el tratamiento. Esta característica, según Levin, L. (2013), es propia de las CT, pues, el autor distingue el “desarrollo por etapas o fases” como aquellas que representan incrementos en el aprendizaje de la persona y se moviliza en un sentido incremental de una fase a otra ganando conocimiento, experiencia y ajuste social.
Particularmente en la comunidad la investigadora diferencia, en primer lugar, a los conocidos por estar más comprometidos con los fines institucionales. Son quienes manifiestan tener intensa vinculación con la iglesia, la fe profesada y, generalmente, son o aspiran a ser líderes de células. Se trata, en palabras del coordinador, de los “más avanzados” (Notas de cuaderno de campo. Mayo 2019). Este selectivo grupo se compone de ocho jóvenes masculinos e incluso asisten en un horario distinto a las terapias y rara vez participan de los talleres terapéuticos.
En segundo lugar, se identifica al grupo de los que están en proceso de desarrollo. Son quienes se han adaptado a las reglas y modalidades de la institución y se consideran en período de aprendizaje (claramente, en relación con la reeducación de emociones y reestructuración de vínculos de sociabilidad). Las virtudes crecientes aquí son: “sacrifico”, “puntualidad” y “compromiso”.
En tercer lugar, se estima al grupo de jóvenes que asiste en carácter esporádico, según sus estados de ánimos lo demanden. Los mismos, si bien perciben incurrir en los consumos problemáticos o manifiestan inconformidad con su vida actual, no poseen “la voluntad” de seguir reglas institucionales. Asimismo, comparten los mismos horarios y actividades que el segundo grupo. En este momento, el sacrificio, la puntualidad, la asistencia y el compromiso aún no son virtudes adquiridas.
En resumen, la investigadora advierte la existencia de tres grupos diferenciados en etapas claves del tratamiento: los primeros coinciden con comportamientos responsables y religiosos, con “propósitos de vida” alcanzados o, en su defecto, en vías de ello. Los segundos, se encuentran en proceso de proyección de propósitos, conscientes del pasado que quieren dejar atrás y de los círculos de sociabilidad que “nada bueno detentan”. Los terceros, aún no poseen noción de cuál es su propósito, sin embargo, han dado el paso más difícil de tratamiento, el de “pedido de ayuda”.
Mientras tanto, lo persistente a cada una de las etapas es la conciencia en los jóvenes sobre los círculos de sociabilidad. Al igual que para el coordinador-líder quien procura que los mismos sean sumamente cuidadosos con su entorno social.
Por último, se recupera la narración de uno de un protagonista quien, sin intención alguna, expresa perfectamente la diferenciación de las etapas. A través de nociones como: ‘gente tranqui’ o ‘amigos de la Iglesia’; ‘ellos recién están arrancando’, ‘vos estas acá y ellos están ahí recién; ‘estoy más avanzado’: "a veces se suspende acá a F. [CTT] pero trato de juntarme con C. [joven del grupo] que vive a dos cuadras de mi casa o amigos de la iglesia (...) trato de juntarme con gente así, antes estaba acá salía me iba a la casa de mi hermano y siempre había alguien, capaz que le decía que no y “ah, pero toma un traguito” y ya tomaba un trago y chau por eso trato de juntarme más con gente de la iglesia tranqui. También empecé a juntarme un poco más con I. [joven del grupo] y R. el otro chico que viene pero ellos recién están arrancando y lo hable con G. [coordinador], porque yo me estaba por ir a alquilar solo con I. y me dijo ellos recién están arrancando fíjate porque vos estas acá y ellos están ahí recién no quiero que vuelvas a caer, ósea estoy más avanzado yo, una vez salimos y como ellos recién arrancan estaban tomando y bueno me enganche y cualquiera" (N., 20 años, en entrevista individual, 27 de diciembre de 2019).

La vieja vida y la nueva vida: categorías etnográficas de conversión

Durante el trabajo de campo, se identificaron categorías que se entienden como formas de hacer y decir respecto al área de estudio. Como se adelanta, se trata de “vieja vida” y “nueva vida” que comprenden procesos, más generales, de “conversión".
La conversión religiosa ha sido una de las principales temáticas abordadas por las ciencias sociales de la religión (…) El proceso de conversión discurre entre un pasado-presente deteriorado y un futuro-presente prometedor y supone la búsqueda activa y esforzada del sujeto por convertirse en alguien que no es, adoptando un modelo que originalmente le es ajeno (...) La conversión religiosa en estas instituciones no puede traducirse como la mera incorporación de un nuevo credo, sino como una modificación radical de las pautas de conducta y del estilo de vida (Güelman, M., 2018:9).
La primera vez que se escuchan estos términos su uso terminológico no refiere a experiencias que incurrían exclusivamente en los CPS. Por tal razón, se sostiene que ameritan mayor amplitud, es decir, mencionan prácticas disruptivas y concebidas entre “bien-mal”, “pecado-no pecado” o, simplemente, lo que es y no permitido por la institución o la creencia religiosa profesada.
Por consiguiente, la “vieja vida” se recuerda a partir de sentimientos de sufrimiento y de conductas emocionales alteradas o no deseables. Encuentran lugar allí donde las conductas adictivas predominaban por sobre el “disfrute de los lazos sanos”. Por el contrario, la “nueva vida” significa equilibrio, razonamiento, control de emociones, conductas morales aceptadas en la organización y la conciencia de formar-elegir círculos de sociabilidad ‘sanos’. En palabras de Pawlowicz, M. P., et al. (2010) lo viejo se asocia a: lo pasado, lo que corrompe, la monotonía, el aburrimiento, el descontrol, lo cerrado y la apatía (“viejos fantasmas”, “viejos hábitos”). En cambio, lo nuevo se asocia al futuro, la oportunidad, lo abierto y la fuerza “camino hacia una vida nueva”, “el valor de cada nuevo día”.
La “nueva vida” se expresa mediante la predisposición, obediencia y esfuerzo. Comportamientos que suelen gratificar en nombre de dios. A modo de ejemplo se sostiene: “yo cambié y pude dar cuenta que estaba haciendo mal, perdiendo mis relaciones, mi familia, pude hacerlo gracias a dios” (Marcelo, 40 años, en terapia grupal).
De ahí que, estas categorías de “conversión” se entienden desde un “sentido dramático -es decir conlleva un proceso de alteración de los sujetos y un corte radical con el pasado” (Vallverdú, 2010:238). Esto es claro en una jornada de taller familiar donde se reflexiona sobre cómo se actuaría en una situación que requería de razonamiento en clave de control de emociones:
Reparten un texto que dice: “Va Pepe muy contento por el parque, cuando de repente ve a Rafa viniendo a su encuentro. Rafa tiene una mirada muy rara. Pepe se pregunta qué le estará pasando. Se acercan y se saludan, pero inmediatamente Rafa comienza a gritar. Dice que Pepe le ha hecho quedar muy mal con los otros chicos del barrio, que es mal amigo, que tiene la culpa de todo lo que le pasa. Entonces Pepe…”. La intencionalidad era continuar la historia. Se da unos minutos para que puedan pensar la actividad, se dispersan a lo largo y a lo ancho del salón. Al terminar, F.[participante] comienza a leer su final y propone una conducta ideal, lejos de los impulsos o emociones negativas. Propone hablar correctamente con “Pepe” con la intención de solucionar los problemas. A tres sillas de distancias, J. [otra participante] ríe. F. la mira y ella le dice: “Yo te conozco y sé que vos no harías eso”. El participante responde “El antiguo F. no lo haría, el nuevo F. sí”. (Notas de cuaderno de campo. Junio 2019).
De manera similar, se repiten actividades que requieren repensar sobre “la versión del pasado”. En síntesis, se argumenta “las personas en tratamiento deben realizar un minucioso y arduo trabajo sobre sí mismos para constituirse en sujetos morales” (Camarotti, et al, 2017:228). Motivo por el cual en las actividades se procura estudiar en detalle los comportamientos a fin de lograr cambios y reaprender conductas responsables o de aceptación de reglas.

Situaciones límites: iniciativa al cambio

Las “situaciones límites” se identifican a partir del replanteo y toma de decisión estricta para adentrarse a la “nueva vida”. En otras palabras, “la conversión religiosa suele verse facilitada por situaciones de transición o de crisis (de identidad, económicas o familiares; enfermedades o patologías) (Fabre Platas, 2001 citado en Güelman, M. 2018). Análogamente, desde argumentos pentecostales, se sostiene que “una enfermedad o un fenómeno natural incomprensible, pueden interpretarse (…) como una acción de Dios que hace un llamado a la conversión” (Vallverdú, 2010:240).
Estas situaciones, recordadas en detalles, se reconocen como “huellas” en las narrativas de los jóvenes y se identifican como:
● Pérdida de un ser querido, “mala junta” y experiencia de cercanía a la muerte: "Estábamos en el cumple de un tío de mi padrastro yo estaba tomando y bueno me llama mi abuela que lo mataron a J. [familiar] (…) Y bueno ahí yo me reflejé en él, que como ahí ya dije bueno no me importaba nada, estuve mal y tomaba mal y fumaba marihuana y cuando en ese tiempo me quisieron matar yo me reflejé en él, que estaba viviendo la misma vida que él y dije no, me va a pasar lo mismo que a mi primo y no puede ser así" (N., 20 años, en entrevista individual, 27 de diciembre de 2019).
● Experiencias de cercanía a la muerte por intoxicación de múltiples sustancias: "La psiquiatra-psicóloga, me daba pastillas Clonazepam y eso en el Centro de Salud (..) pero me hacían mal y yo me daba cuenta que en un momento me estaba haciendo adicto a eso porque ya últimamente las tomaba con alcohol y era peor y un día la última vez que yo consumí, consumí varias cosas juntas y al otro día me levanté, no que me dolía el cuerpo y nada pero sino mal por todas las cosas que había hecho como que llegue al límite y ahí dije basta y ahora gracias a dios no consumí más” (I., 26 años, en entrevista individual, 6 de diciembre de 2019).
● Confrontación de un ser querido y familiar respecto a la problemática: "Ella [hija] ya tenía 12 años y ella ya veía y entendía muchas cosas y además de lo que se comentaba en la escuela o las amigas de ella que le decían, no sé, “mira tú mamá es una drogadicta” o cosas así que la llevaron a ella a confrontarme un día y a pregúntame por qué a ella le decían que yo era una drogadicta y bueno eso fue lo que me hizo abrir los ojos y querer buscar una ayuda para salir porque la verdad antes nunca lo había hecho y tampoco nunca nadie me había confrontado con eso" (C., 28 años, en entrevista individual, 27 de diciembre de 2019).

REFLEXIONES FINALES

En este apartado, se hacen presentes las reflexiones e inquietudes que surgieron a lo largo del proceso de investigación. A los fines de esta, es pertinente aclarar que no ha sido nunca el propósito dar por cerradas las conjeturas sobre los objetivos sino, al contrario, apenas abrir preguntas sobre el campo. De hecho, en el proceso de trabajo se hizo presente la dificultad de dar por finalizado el mismo debido al carácter de asombro incesante que se tradujo, una y otra vez, en la sensación de percibir “algo nuevo”.
En suma, la permanencia prolongada en territorio y la reflexividad del proceso han delineado nuevos caminos y ejes condicionantes en las unidades de análisis inicialmente propuestas. Así, a lo largo del escrito los análisis sobre la intervención concluyen en resistencias a incorporar otros tipos de roles y saberes -sean profesionales o no- que podrían aludir a limitaciones para las formas de actuar privilegiada -desde los saberes no profesionales-. Lo que conlleva a reflexionar la interdisciplinariedad e intersectorialidad. A modo de generar una dialéctica colectiva entre saberes profesionales y saberes no profesionales que permitan construir espacios comunes para la toma de decisión y de acción en perspectivas de derechos y desde consideraciones éticas, para lo cual es necesario apreciar la voz de todos los actores.
En este sentido, cabe agregar, el reconocimiento de la proliferación de instituciones de índole religioso con responsabilidad social en los CPS en pos de dar utilidad a otros saberes –religiosos y espirituales- que existen válidos y legitimados en la sociedad y la importancia de la investigación en la temática. Pues, se parte del hecho que para reconocer primero es necesario conocer y así habilitar posibles espacios de escucha genuina entre saberes.
Consecuentemente, adentrarse en los análisis de la efectividad de este tipo de intervenciones desde las fortalezas y debilidades de lo ya establecido. En perspectiva de fortaleza, conviene hablar, quizás, de la cercanía y acompañamiento constante. Pawlowicz, M. P., et al (2010) destaca “la cercanía geográfica, temporal, pero también en una dimensión cultural de estar cuerpo a cuerpo y cara a cara son expresiones del valor que se le da al contacto con el otro buscando acortar la distancia social” (pág. 12).
Asimismo, a partir de lo observado es válido debatir sobre la perspectiva de género y diversidad. En primer lugar, a raíz de la preeminencia de jóvenes-varones en la trayectoria de la organización, que conlleva a preguntarnos ¿a qué se debe la minoría de mujeres presentes?; ¿existirán estereotipos en torno a la accesibilidad del tratamiento de las mujeres y población LGTBI+?; ¿esta población consume menos o sufren mayor estigmatización social por consumir o son las condiciones particulares de desventaja que no garantizan el acceso a algún tratamiento? En segundo lugar, en cuanto a la feminización de cuidado instituida, deviene la importancia de estudios de género en post de reflexionar sobre aquellas prácticas que, es importante, sean fuente de utilidad para construir modalidades de trabajo y cuidado inclusivos.
Finalmente, se considera respecto a la constitución de la problemática la imperante necesidad de ir más allá de lógicas binarias como aquellas presentadas entre lo bueno-malo, con posibilidad de intervención en clave de evitar daños y aumentar cuidados, proveer espacios de protagonismos y apuesta a la singularidad. En suma, resignificar nociones del status quo, dando lugar a la autonomía en estas dicotomías y construcciones de relativa progresión de libertades. En aras a apostar al horizonte de derechos y de la incesante inquietud por transformar en horizonte del bienestar humano.
Si se acepta lo existente y lo dado como lo que debe ser, no existe el horizonte utópico capaz de indicar el para qué, o lo que es lo mismo, que indique el futuro a construir, se arranca a los hombres el timón de la historia en cuanto a posibilidades de inventar un futuro diferente del presente. Y aunque parezca paradójico, lo pretendidamente neutro, adquiere un carácter ideológico y político a favor del mantenimiento del status quo (Paulo Freire, 1970 citado en De Ieso, 2008:1).

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Osvaldo Agustín Marcón es Postdoctorado en Principios Fundamentales y Derechos Humanos (Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, 2017); Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Entre Ríos, 2015); Magíster en Salud Mental (Universidad Nacional de Entre Ríos, 2009); Diplomado Superior en Ciencias Sociales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 2007); Especialista en Métodos y T ... Leer más
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