01-Sep El sujeto de Trabajo Social Forense

Este artículo propone algunos contornos básicos para la noción de sujeto que podría interesar a Trabajo Social Forense. Postulamos la relevancia de tal concepto pues compartimos que “ninguna realidad social concreta puede entenderse sin la presencia de algún tipo de sujeto” (Zemelman, 2010:27). Autor: Osvaldo Agustín Marcón / Producido para cuestionsocial.com.ar

 1. La noción de sujeto como condición necesaria

Este artículo propone algunos contornos básicos para la noción de sujeto que podría interesar a Trabajo Social Forense. Postulamos la relevancia de tal concepto pues compartimos que “ninguna realidad social concreta puede entenderse sin la presencia de algún tipo de sujeto” (Zemelman, 2010:27). Es desde y en ese sujeto (siempre social) que el orden de lo real toma cuerpo. Y son también posibles, desde dicha conceptualización, distintas inferencias acerca del quehacer y la teorización de Trabajo Social Forense.
En línea con esto señalemos algunas consecuencias de lo contrario, es decir, de no contar con un discurso disciplinar específicamente destinado a elucidar esta cuestión. Por un lado, es posible que al no contar con dicha conciencia respecto de qué decimos cuando decimos sujeto, pasemos a negar su existencia al tratarlo como igual en situaciones profundamente distintas. El sujeto en la escena forense es distinto del que se presenta -por caso- en el campo de la salud o la educación. Mantiene, claro está, puntos de coincidencia, pero no son esas coincidencias las que lo narran en ese aquí y ahora sino, más bien, son las múltiples diferencias las que lo ubican allí de una manera singular. Es, entonces, otro y no una expresión del mismo sujeto.
Tengamos presente los riesgos de considerar como iguales a los desiguales. Esta denominación traída desde otros espacios requiere su reconfiguración en el ámbito forense pues, como también sabemos, la “nominación de los sujetos” (Acevedo y otros, 2007) condiciona notoriamente el pasaje a la acción que los tiene por protagonistas y destinatarios de la misma. Aunque los ejemplos mutilan el concepto abstracto, en ocasiones sirven para mejorar la comunicación de la idea por lo que arriesgaremos el siguiente. Imaginemos que, ante un trabajador desocupado, con indicadores de agobio y desesperanza, interpretamos que ha reaccionado con un cuadro depresivo. Ese sujeto, en esa situación, es un ciudadano cuyo Derecho Humano al Trabajo ha sido vulnerado, pero no es substancialmente un hombre deprimido. Pueden coincidir algunos indicadores, pero no remiten a un mismo sistema de nociones (patología, en el caso de la depresión). Si, ante dicha situación, se promueve la utilización de procedimientos terapéuticos propios de una problemática del campo de la salud, es posible que se logre algún cambio en las manifestaciones, pero no estaremos incidiendo sobre sus aspectos fundantes. Confundimos al sujeto allí situado.
Tomemos otro ejemplo. Los médicos que intervienen sobre cuadros alérgicos parten de una noción de sujeto, aunque no la expliciten, tras la cual subyace una concepción de salud-enfermedad. La medicina occidental hegemónica interviene utilizando recursos (por ejemplo, para identificar los alergenos), coherente con su idea de sujeto. Sin embargo, diversos médicos homeópatas, ubicados en zonas subalternas respecto de la referida hegemonía, intervienen mediante recursos diferentes de los anteriores, que presuponen otra idea de sujeto y de enfermedad. Estas diferencias en la concepción de sujeto y sus consecuencias metodológicas se profundizan si incorporamos, comparativamente, por caso, las matrices de pensamiento propias del ayurveda (medicina hindú) o la tradicional medicina china. 
Adoptados algunos permisos de corte positivista a través de los ejemplos planteados precedentemente, proponemos tener como muy relevante la noción de sujeto en la que asentamos nuestros sistemas de creencias (científicas, profesionales, éticas, etc.) pues ellas, además, condicionan de manera muy férrea las decisiones en lo inherente a la selección del bagaje operativo-instrumental para la intervención. No podemos conocer cabalmente una situación si no contamos al sujeto como parte de la misma. Y, más aún, si no tenemos presente que ese sujeto no es el mismo en los escenarios socio-judiciales que en, por ejemplo, los psiquiátricos o psicológicos.
La concepción de sujeto es determinante para la matriz de conceptos con la que intentemos dar cuenta de la referida situación, incluyendo la interpretación de la demanda. Y, siguiendo a Karsz (2006, citado en Lozano, año 2010), tenemos, casi a título de axioma, que equivocar de diagnóstico es equivocar la práctica. Por lo tanto, reiteramos, una adecuada noción de sujeto es condición sine qua non para una intervención ajustada. Mostrar dicha relación es el objetivo de este punto del artículo.

2. Aproximación a una idea de sujeto
 
La discusión referida a la noción de sujeto como cuestión filosófica atraviesa gran parte de la historia de las ideas occidentales. No obstante toma fuerza a partir de los siglos XVII y XVIII, exhibiendo notorias variaciones según áreas de conocimiento y disciplinas profesionales. En este marco y habida cuenta de las dificultades para lograr acuerdos genéricos, es posible afirmar que se han ido abandonando las estructuras conceptuales asentadas sobre una noción absoluta e inequívoca. La supuesta existencia de un sujeto esencial deja su lugar al reconocimiento de las múltiples situaciones en las cuales cada humano se constituye en sujeto situado. En términos de Zemelman “los sujetos son siempre sujetos situados en relaciones múltiples y heterogéneas” (Zemelman, 2010:2) por lo que la especificidad del entorno hace de cada individuo un sujeto específico. Y aun cuando algunas miradas intentan transformar en totalidad los elementos propios de dicha coyuntura, nunca esto es posible.
El sujeto es en y según cada situación. Esto constituye una suerte de paradójica invariancia que puede convivir, sí, con algunos rasgos estables pero que por sí solos no constituyen al sujeto (no son su esencia, usando una expresión con tradición filosófica metafísica). Por caso, una mujer que ejerce la prostitución en los suburbios de una ciudad constituye un sujeto social distinto de aquella mujer que ejerce la denominada prostitución vip. Pareciera que ambas ejercen la misma actividad, pero tal parecer surge de una operación cognitiva arbitraria. La primera, por ejemplo, tiene todas las posibilidades de provenir, permanecer y avanzar hacia la exclusión social mientras que en la segunda, estas posibilidades son mucho menores. El trato que reciben, los ambientes que frecuentan y la representación social sobre ellas es substancialmente distinta. Su identidad en tanto sujetos sociales queda constituida antes por la situación que por su condición de mujeres que ejercen la prostitución. Y su auto percepción, es decir, el modo en que se narran y que narran a otros su situación es radicalmente diferente incluso cuando coincidan en algún aspecto inherente a la actividad que desarrollan.
Por sujeto entendemos, en principio, a aquel que protagoniza las situaciones por las que transita, pero lo hace en unidad substancial con el protagonismo de dichas escenas. Por lo tanto, no se trata de aquel individuo que existe de manera ideal, pletórico de libre albedrío, sino de alguien sujetado de manera compleja por diversas cuestiones. En términos de Alain Supiot “el sujeto es a la vez soberano y sometido” (2007:65). Es soberano pues decide gracias a su condición originaria de ser relativamente libre, pero la mantiene en tanto sigue sujetado, es decir, condicionado y, por lo tanto, siempre sometido, aunque en distintos grados. En tal interjuego de poder, alterna posiciones de dominación, y es protagonista que se despliega o repliega según las situaciones, modelando maneras de percibir y percibirse que lo hacen pensar/se en función de esos contextos particulares. En otros términos, “toda forma de subjetividad es contingente a unas condiciones relacionales con las cuales ésta se articula” (Sandoval Moya, 2015:121).
En la noción de sujeto que Ernesto Laclau desarrolla, aparece una serie de rasgos que la caracteriza, a saber: a) historicidad, pues el sujeto y todo lo que le atañe no son dados sino construidos socio-históricamente; b) relacionalidad, dado que se construye a partir de su pertenencia a redes de configuraciones sociales de sentidos que lo preceden; y c) libertad parcial, al considerar que el sujeto está limitado por el contexto social de significaciones, por lo que –en línea con lo que venimos planteando– “no hay ni sujeto plenamente sujetado a los designios de la estructura, ni sujeto soberano” (Vergalito, 2007:5). En tal sentido, ese sujeto resulta de una ecuación que incluye tanto los condicionamientos de la estructura social como las decisiones que él toma para, así, producir su instancia constitutiva. Por caso, suele suceder que ante la pregunta “¿serías capaz de matar?”, el “no” como respuesta automática tiende a a prevalecer, pero es inmediatamente relativizado cuando se incorporan datos de contexto (“en defensa propia”, “en defensa de las vidas de tus hijos”, etc.). El “no” se transforma en un “depende”. 
El sujeto, por lo tanto, no puede ser captado totalmente por ningún instrumento, del mismo modo en que tampoco sus dimensiones pueden ser reducidas a lo que tal o cual herramienta (por ejemplo, psicométrica, proyectiva u otras, tomando ejemplos del campo psicológico) exprese en un momento determinado pues ese momento es único e irrepetible. Lo que se interprete en un punto témporo-espacial sólo puede valer en ese instante, aspecto que abona la necesidad de no obturar la intervención forense dando por indiscutible la existencia de un sujeto humano absoluto. Si él existe, en esos términos, sus expresiones situadas son tan dominantes que no es razonable darlas por accidentales. Son, claramente, parte de la substancia humana y por tanto del orden de lo social. Así, los modos comportamentales de un sujeto en la escena socio-judicial son substanciales y no accidentales. Él es ese que allí está, de esa manera, aunque protagoniza distintas metamorfosis subjetivas cuando está en otras situaciones (laborales, recreativas, etc.). Digamos entonces que el sujeto no puede ser entendido como resultado de posiciones objetivas en la estructura pues él la suplementa desde el lugar de su dislocación, es decir, desde la negación de un lugar específico. El sujeto es “la distancia entre la indecidibilidad estructural y un acto de decisión/identificación” (Laclau, 2000:60). Por ello es una instancia y no una posición estructural objetiva. El sujeto es en la instancia, condicionándola, pero en simultáneo condicionado por ella, dinámica en la cual no puede ser totalmente informado por la estructura, pero tampoco puede prescindir de ella.
En esa instancia podemos pensar en términos de “dimensiones del sujeto” (Malacalza, 1995:4) que se constituyen como “conjunto de relaciones dentro de un sistema organizado” (Malacalza, 1995:1). En este enfoque cobran fuerza ideas más dinámicas, menos ligadas a los caminos ontológicos, es decir, a aquellas tentativas –referidas más arriba– por definir al sujeto como ser metafísico, dado de una vez y para siempre, incluyendo una identidad definida, dando valor de verdad absoluta a dicho posicionamiento. Por el contrario, la perspectiva desde la cual aquí escribimos, piensa al sujeto como identidad narrativa (Ricoeur, 1996), tanto en sentido individual como colectivo. Así, el sujeto es lo que narra de sí mismo y de su grupo de pertenencia, con sus obstáculos y facilitadores en esa relación con la estructura. Por ejemplo, en la profesión, identificarse como asistente social no equivale a hacerlo como trabajador social pues las expresiones designan universos simbólicos diferenciados. En la escena forense, siguiendo con la búsqueda de ejemplos, no se piensan a sí mismos los profesionales que se asumen como trabajadores que quienes establecen diferencias para con estos pensándose como –por caso– funcionarios judiciales. Vale para otros ejemplos. No se piensa a si mismo de forma similar quien dice “soy juez” que quien manifiesta “trabajo de juez”. 
La subjetividad (y el sujeto), en perspectiva narrativa, se constituyen en las referidas dislocaciones relacionadas con las estructuras, aunque lo que adquiere relevancia es lo que de ellas puede relatar el sujeto. Tal narrativa es, indefectiblemente, una producción hermenéutica (interpretativa), y, por lo tanto, susceptible de permanentes reconfiguraciones. Vemos entonces que dichos cambios se producen sobre las vivencias subjetivas antes que sobre datos objetivos, en medio de una dinámica que prioriza el existir humano en cuanto tal. 
Esta perspectiva abre puertas hacia una noción de sujeto social más afín con Trabajo Social Forense, significativamente concentrada en la vida cotidiana que –en este supuesto– incluye una situación de conflicto socio-jurídico. Desde este lugar es también posible pensar la especificidad de ese sujeto en medio de las intervenciones propias de los escenarios forenses. Parafraseando a Morín (2004), las interacciones entre individuos producen la sociedad, pero la sociedad con su cultura, sus normas, los produce en tanto individuos sociales.
 
3. El sujeto de Trabajo Social Forense

3.a. El sujeto está-siendo-socio-jurídicamente
 
Distintas disciplinas recortan desde sus visiones singulares la concepción de sujeto. En algunos casos, anudan su visión hasta entronizarla como absoluta. Por caso, el denominado sujeto de derechos piensa al individuo atado por lo que de él predica, es decir, su condición de titular de derechos. Dicha concepción es acertada en tanto complementaria de otras sujeciones y, por lo tanto, habilitante de ideas alternas de sujeto. Por caso, el sujeto del Deseo es ese mismo individuo, pero pensado desde sus ataduras a la búsqueda de satisfacción que supone el encuentro o reencuentro con algo. Del individuo se predica su dependencia estructural del derecho, idea acertada en tanto se la considere compartiendo otras visiones, operativas según las distintas situaciones. Pero, además, retomando la idea iniciada más arriba, ese sujeto no sólo es narrado por un discurso específico (jurídico o psicoanalítico, en nuestros ejemplos), sino que, cuando atraviesa dicha situación, se narra a sí mismo con particularidades que pasan a un segundo plano si la situación varía (por ejemplo, ese mismo sujeto en un evento festivo). Es cierto que algunos atributos se conservan, pero muchos más son los que varían en función de –reiteramos– la situación.
Morin dice “yo no hablo de auto-organización sino de auto-ecoorganización, en función del principio de Von Foerster según el cual la autoorganización es dependiente” (2001: s/p). Podemos sostener, en principio, que el sujeto de Trabajo Social es el genéricamente denominado Sujeto Social. No obstante, es también factible ajustar dicha noción incorporando las ideas de necesidades sociales, obstáculos para su satisfacción e intervención, pero configurado en escenarios forenses. En tal línea, es posible comenzar a reflexionar respecto de una conceptualización que dé cuenta del sujeto de Trabajo Social Forense que, entendemos, es el sujeto de la Intervención Socio-jurídica en el marco más amplio del sujeto socio-jurídico.
Siendo narrativo, ese sujeto es comprensible dentro de un sistema de interpretaciones propias de las escenas tribunalicias, materiales y/o simbólicas. Y si, además, podemos pensarlo en términos de “posiciones de sujeto en el interior de una estructura discursiva”  (Laclau y Moffe, 1987:99), es factible hipotetizar que la intervención social forense sea, muy posiblemente, un proceso de subjetivación socio-jurídica con pretensiones de ciudadanización.
Nuevamente, la situación forense exhibe su especificidad en unidad substancial con el sujeto, lugar en el cual la palabra es decisiva, y su intencionalidad final está atada a la idea de sujeto que opera como horizonte. En esa idea se advierte la presencia de distintas facetas referenciales, importantes para la construcción de un discurso disciplinar específico. Todo tributa, en definitiva, a la referida subjetivación que se sintetiza en la ampliación de lo que podríamos denominar conciencia socio-jurídica. Es por la misma razón –explican Laclau y Mouffe– que “es el discurso el que constituye la posición del sujeto como agente social, y no, por el contrario, el agente social el que es el origen del discurso” (Laclau y Mouffe, 1987:198).
El sujeto de Trabajo Social Forense repliega y despliega sus posibilidades e imposibilidades en función de las formas que va tomando el discurso socio-jurídico que lo envuelve. Tal cobertura incluye, desde luego, los distintos relatos disciplinares (jurídico, social, psicológico, etc), pero también los relatos no disciplinares (operadores varios, representantes comunitarios, medios de comunicación, etc.), incluyendo la institucionalidad socio-judicial.
Subrayemos: el sujeto no es sino que está, de tal o cual manera, y ese modo de estar (ser-estando y estar-siendo) no es accidental sino substancialmente constituido por la situación. El sujeto sociojurídico está-siendo en el marco de encuadres que se entrecruzan pero que lo definen. 
El conjunto de relaciones constituye la identidad de los agentes sociales. Así, un “mismo” sujeto puede constituirse en diferentes “posiciones” de acuerdo a las configuraciones que en cada caso delimiten su identidad, en tanto no puede hablarse de la esencia o de la substancia del sujeto. Consecuentemente, su identidad y sus caracteres distintivos se delimitarán en cada contexto discursivo. (Etchegaray, 2011:191) 
Ese sujeto expresa, en nuestro campo, aquel acendrado espíritu existencialista desarrollado en profundidad por Soren Kierkegaard, Jean-Paul Sartre y Martin Heidegger, entre otros, incluyendo la vertiente cristiana representada de manera muy robusta por Emmanuel Mounier, entre otros.
 
3.b. Sujetado por necesidades socio-jurídicas
 
Siendo la satisfacción de necesidades uno de los elementos singularizantes de la intervención desde Trabajo Social, hemos de tener presente que ella vale también para los espacios forenses. El esfuerzo por dar cuenta de una mayor especificidad nos lleva a retomar las implicancias del elemento compositivo socio que se viene repitiendo en nuestros desarrollos. En tal sentido digamos que lo obstaculizado aquí es aquello que permitiría armonizar la relación del sujeto con el orden socio-jurídico y viceversa, además de integrar la narrativa especificante de la situación. Se trata de un modo de ser siendo que aparece evidentemente atravesado por la carencia de una relación armónica para con el orden sociojurídico y viceversa, es decir, de una relación armónica del orden sociojurídico para con ese sujeto (y viceversa, insistimos). No se trata, entonces, de un modo de vinculación mecánica con la letra de la norma escrita sino con el contexto material y simbólico por ella implicado.
El sujeto de la Intervención Socio-Jurídica es del modo en que puede/decide comportarse en esa escena, y los operadores de dicho escenario son del modo en que pueden/deciden allí comportarse. La intervención se dirige a ese sujeto, dinámico por definición, que no es producto liso y llano de alguna determinación estructural, como lo planteamos más arriba. Es sujeto, pero también objeto, en intensidades variables. Es cierto que se entrecruza un amplio abanico de aspectos materiales, también codificables en términos de derechos, pero ellos no existen separados de un orden simbólico a interpretar. Y en esta escena tal plano, sin ser excluyente de otros, es el más significativo. Preguntas referidas a qué significa el orden socio-jurídico para el sujeto, qué significa el sujeto para el orden socio-jurídico, o qué significa todo esto para los distintos operadores son indagaciones tan centrales como constituyentes.
La noción de sujeto del TSF como sujeto de intervención socio-judicial, entendido como gradación de subjetividades hacia la cual apunta la acción profesional, es lo que interesa. Se trata de aumentar esa condición, de ampliar la conciencia de sujeto de la intervención socio-judicial como manera de estar existiendo, narrando, narrándose y narrándonos. Ésa es la noción que interesa. Cuanto menos objeto y más sujeto se desarrolle, mayor calidad de la intervención. Qué de esa narración queda dicho y qué queda invisibilizado, en qué tono y en qué cadencia, con qué palabras, con cuántas palabras, con cuántos silencios, términos permitidos y términos ‘prohibidos’, con qué miradas, desde qué posiciones corporales, grupales y, en definitiva, en qué condiciones escénicas. Todo esto, parte de tal narración, es susceptible de interpretación desde el punto de vista del conflicto socio-jurídico, constituido por distintos embrollos con idas y vueltas a desentrañar en cada caso singular.
El orden socio-jurídico establece criterios de inclusión-exclusión, con lo cual prefigura un campo de necesidades a satisfacer. El desarrollo ciudadano no puede realizarse plenamente por fuera de sus confines aun cuando estos últimos nunca puedan ser considerados de manera definitiva. Son, por el contrario, en tanto normas jurídicas, fronteras políticas que expresan relaciones de poder. Nunca constituyen figuras ontológicas sino constructos sujetos a variaciones permanentes. Respecto de la relación de los sujetos con dichos sistemas, ya sabemos que “no hay sociedad que no contenga una ley positiva, así sea ésta tradicional o escrita, de costumbre o de derecho” (Lacan, 1950:2). Podemos reafirmar, entonces que, siendo social, el sujeto depende substancialmente de su relación con la ley jurídica para permanecer como tal, es decir, como sujeto social. Es así que dicho vínculo ingresa en el campo de las necesidades a satisfacer pues entra en tela de juicio su afiliación social toda vez que tal vínculo se resquebraja. La desafiliación, en términos de Castel (1997), es también exclusión socio-jurídica. Por ello, el sujeto de la intervención socio-jurídica es el sujeto necesitado de recomponer su lazo con lo socialmente normado. 
Así, entonces, es necesidad social de inclusión socio-jurídica y, simultáneamente, necesidad de cohesión social. El orden socio-jurídico, aunque esto no aparezca a la vista, necesita de los cotidianos micro reconocimientos que funcionan como procesos permanentes de micro legitimación. Si estos no operan, más tarde o más temprano se verán socavadas sus bases, aunque, obviamente, ese deterioro vincular es más inmediato en la relación del sujeto social para con el orden socio-jurídico. Mientras que en un caso el proceso puede insumir décadas o siglos, en el otro caso sólo insume el tiempo que tarda en reaccionar el sistema socio-judicial ante una situación de conflicto. 
 
3.c. La potencia de subjetivación e inter-subjetivación
 
Conviene avanzar en la construcción de un discurso disciplinar específico a la luz de los referidos conceptos, pero considerando el impacto que sobre él tienen algunas miradas más generales. El sujeto de la escena forense es una manifestación del sujeto civilizatorio en crisis. Teniendo esto como referencia de fondo, pareciera que un error posible deviene de tomar el pensamiento foucaultiano a pie juntillas, sin situarlo histórica y cronológicamente. Una parte central de dicha producción se enfoca exclusivamente en “el homo juridicus, privilegiando demasiado el aspecto en que el sujeto se encuentra subordinado a la ley... en desmedro del ethos político que encarnaría el ciudadano” (Guille, 2016:27)
Consecuentemente, en el actual contexto, ese sujeto no se vincula de manera pura ante el Estado-Nación, en relación de subordinación, sea por el lado de la norma jurídica o sea por el lado de su ethos político, sino que triangula dicha relación con el denominado mercado (Marcón, 2016). Ese mercado, como metáfora, pero también como conjunto de realidades, tiene un impacto decisivo en la narrativa dominante. Por lo tanto, es necesario tomar nota de una profunda transformación en la racionalidad liberal contemporánea, que “consiste en el aniquilamiento del homo politicus y la consecuente expansión del homo economicus a todas las esferas de la existencia” (Guille, 2016:32).
En la escena forense, entonces, el que aparece predominando no es el homo politicus y, consecuentemente, tampoco el homo juridicus. Estos, en cambio, funcionan como subalternidad respecto del homo economicus. Dicha relación, que en gran medida reproduce relaciones de mando-obediencia (de un homo respecto de los otros), gobierna el orden de lo simbólico y de lo real, es decir, el plano de los sujetos destinatarios de la intervención forense. Desde la perspectiva de quienes intentan comandar dicha intervención (operadores del sistema socio-jurídico), tal conexión aparece difuminada. Desde este lugar aparece cierta ficción según la cual dominaría el homo juridicus, con sus efectos sobre el homo politicus. Esta ilusión debilita el vínculo con el orden de lo real y, como consecuencia, resquebraja las posibilidades de eficacia en la acción. Ese sujeto se narra a sí mismo en medio de tal situación, por lo tanto su identidad está configurada con presencia substancial de tales coordenadas.
La sujeción social forense participa en la configuración del sujeto al tiempo que este tiene posibilidades de incidir sobre distintas expresiones de aquella y sus operadores (jueces, profesionales, etc.). En la medida en que esto se habilita, las posibilidades de inter-subjetivación aumentan. Dicho, en otros términos, entre sujeto y escenario forense se configura una relación de articulación que siempre redefine los polos de la ecuación, aun cuando los cambios son usualmente imperceptibles en el escenario dada la estabilidad de fortaleza de este último. En términos de Laclau y Mouffle (1987), la articulación es un tipo de práctica que relaciona elementos modificando su identidad. Llevado al plano ilustrativo consideremos que –por caso– quienes juzgan no son sujetos asépticos, destinados de antemano a reaccionar en una dirección predeterminada. Por el contrario, incluso cuando sus posicionamientos suelen ser abductivos  antes que deductivos o inductivos, pueden modificar los mismos a partir de la influencia externa, más aún en el referido marco de institucionalidades diluidas en favor de las reglas instituyentes del denominado ‘mercado’.
El sujeto de Trabajo Social Forense es ese que entra en relación con una escena caracterizada por relaciones predominantes de mando-obediencia, llamadas desde el plano del deber ser a reconfigurarse como espacio democrático. Por tanto, el pasaje del sujeto por dicho escenario genera instancias de potencial ciudadanización. En este sentido, todas las formas de expulsión del mismo hacia otras esferas, sin más, quita posibilidades de avanzar en la referida inter-subjetivación. Por el contrario, la intervención aspira a mejorar las condiciones escénicas forenses y, con ello, las posibilidades ofrecidas al sujeto. Es, así, un ofrecimiento de posibilidades (De Bella, 2020), aunque en este caso consideramos que dicha oferta se constituye en diversas direcciones. No son sólo oportunidades para el sujeto judicializado sino también para quienes operan el sistema de judicialización o han incidido en su historia.
Por su parte, la escena forense no se restringe “ni al ámbito judicial ni a la realización de pericias, sino que están presentes en toda circunstancia en que se hallan comprometidos derechos y obligaciones jurídicas” (Krmpotic, 2013:51). Y, en tanto especialidad, Trabajo Social Forense designa una especialidad “centrada en la interfaz entre los sistemas legales y humanos de una sociedad, con la finalidad de conocer, comprender, explicar y evaluar situaciones presentes y pasadas, y anticipar situaciones futuras, a partir de estudios sociales, pericias, evaluaciones y diagnósticos” (Krmpotic, 2013:51). Se trata, claramente, de un campo con amplias posibilidades de eficacia intersubjetiva.
 
3.d. El sujeto socio-jurídicamente intervenido
 
El sujeto al que intentamos acercarnos desde estas líneas no es, como decíamos más arriba, ese que puede ser pensado como existiendo por sí mismo, siguiendo la lógica aristotélica clásica. En todo caso, algo de ese otro sí-mismo, construido para otras situaciones, reaparece aquí a través de sus variaciones, pero no son lo dominante. En esta situación, los rasgos constituidos a partir del resquebrajamiento son hegemónicos en su relación con el orden socio-jurídico y viceversa.
Por distintas vías, entonces, pasar al acto es desarrollar estrategias para restaurar lo dañado. Tales estrategias variaron en relación con las distintas ecuaciones civilizatorias. Ante un Estado-Nación fuerte, pletórico de legalidad y legitimidad, estas se funcionaban como componentes centrales. En cambio, en el actual contexto de crisis de la Modernidad, esos componentes han variado de manera substancial y, con ello, las posibilidades de subjetivación e intersubjetivación a partir de la normatividad jurídica pura (si es que existió en tal estado en algún momento). No se trata, insistimos, de un dato menor para configurar las intervenciones. Diversos actores se narran a sí mismos sin percibir este movimiento en cimientos que son decisivos para definir estrategias con posibilidades de éxito.
El sujeto socio-jurídicamente intervenido, entonces, se narra a sí mismo y narra la situación de maneras en las que resalta la ampliación del hiato en relación con la narrativa institucional. Con excepciones, claro está, pero domina la representación no suficientemente verbalizada de, por caso, la idea del juez sabio, varón entrado en edad, canoso y colmado de justicia para repartir. En cambio, esos roles son cada vez más ocupados por profesionales jóvenes, sobre titulados académicamente, con capacidad de agilizar trámites, tomar decisiones rápidas y desempeñarse como suerte de sistemas multitareas. Velocidad y eficacia es el requisito usual, antes que capacidad de valoración serena, profunda, asentada en valores y, por lo tanto, socialmente justa. En este marco, la norma jurídica ya no es la ley en los términos subrayados desde el psicoanálisis, o sea en su función paterna, instituyente por excelencia, vahos lacanianos mediante. O, en términos freudianos, ya no es esa ley que tiene que ver con lo superyoico, es decir, la instancia moralizadora por excelencia en el aparato psíquico.
En relación con estos elementos constitutivos del encuadre, el sujeto narra y se narra. Y, por lo tanto, pasa al acto. Se percibe, como decíamos antes, separado del gran acuerdo social que incluye su condición de sujeto socio-jurídico, pero, también, de sujeto del consumo. Sabe que satisfacer la necesidad de volver al interior de los marcos legales no le garantiza regresar al sistema de producción-consumo material ni simbólico. Sin embargo, debe resolver ese asunto, cuestión que quita legitimidad a algo que entonces aparece signado por el ejercicio de la mera fuerza estatal. Esto no siempre fue totalmente de este modo pues, en las relaciones de las sociedades industriales (sin profundizar el debate en torno a estas), al menos esa solución lo dotaba de mayores posibilidades de regreso al mercado del trabajo. Nuestro sujeto dominante, es decir, el de los sectores populares, debe resolver su situación incluso reconociendo tal limitación, pero como jugador en un campo (Bourdieu, 1993) en el cual aquella ley subjetivante ya no es tal. Lo subjetivante proviene de una estructura magmática (Castoriadis, 1993) en la que se funden normatividades de distinto orden.
Es en ese marco que narra lo suyo y lo ajeno. Allí desarrolla sus acciones y reacciones, aprovecha intersticios del mismo modo que la propia institucionalidad sociojurídica explota las que le resultan operativas. En definitiva, algo –o mucho– del tradicional utilitarismo filosófico se filtra aquí.
 
4. Conclusiones
 
La noción de Sujeto constituye un supuesto básico que condiciona toda intervención. Consecuentemente, esa idea traída a Trabajo Social Forense implica la existencia de un dispositivo que informa tanto el pasaje a la acción profesional como la matriz de pensamiento sobre la que se asienta. El Sujeto no es el que fue pensado para distintas disciplinas como la jurídica, psiquiátrica, psicológica u otras, y que en todo caso funciona en los ámbitos para los cuales tales ordenamientos fueron pensados. La realidad que funcionó como horizonte ya no existe por lo que conviene tenerlo presente y esto también aplica a otros espacios profesionales Dado el resquebrajamiento de sus institucionalidades, la crisis de la Modernidad exige repensar el papel de Trabajo Social, tradicionalmente no considerado desde los niveles académicos como ‘forense’ del modo en que la psiquiatría fue y es –mal o bien– pensada para espacios asistenciales de salud, o la psicopedagogía para espacios asistenciales escolares, Trabajo Social fue pensado para las institucionalidades en las que domina la idea de asistencia social. Traído al escenario socio-jurídico, se ve obligado a revisar sus lógicas y herramientas operativas en función de demandas diferentes. Esa reorganización exige, una vez más, una idea de Sujeto adecuada a estas particularidades.
Se trata de un espacio en el que el profesional funciona más como variable de un sistema de corte, que quita antes que provee directamente recursos materiales. Y, entonces, la tarea consiste en reconvertir los efectos de tales intervenciones de quita en el citado ofrecimiento de posibilidades. Pero tal tarea se desarrolla principalmente desde y en el plano simbólico, aun cuando el plano material no esté excluido. Ofrecer posibilidades, abrir espacios imaginativos, estimular posibilidades alternativas, constituyen tareas difíciles de concretar si partimos de una identidad del Sujeto, es decir, una subjetividad cristalizada, anclada a algún momento o plano vital que lo fijó discursivamente en tal lugar.
Intervenir socio-jurídicamente es advertir que esa identidad en tanto expresión de un Sujeto dado de una vez y para siempre, metafísicamente, definido desde unas esencias supuestas, no existe realmente. El que existe es aquel que, a pesar de que pueda exhibir algunas invariantes funcionales, las mismas son siempre escasas en relación con una robusta gama de variantes que sí lo identifican. Y son esas variables, según como pasan al acto en cada situación, las que lo constituyen en Sujeto, socio-jurídico en nuestro caso.
Es esa posición, única e irrepetible, la que tiene que aparecer a la vista de la institucionalidad forense. Y es a partir de allí que son posibles las gestiones narrativas tendientes a satisfacer la necesidad de reubicación en relación con el orden socio-jurídico y, obviamente, de reubicación del orden socio-jurídico respecto de este Sujeto.
No es justo exigir el cambio de uno cuando la responsabilidad es compartida, pero, además, no es factible. Puede lograrse obediencia, sometimiento u otras conductas de adaptación pasiva, pero no una transformación legítima. Para que esta se dé, cabe insistir, es exigible que se asiente sobre grados decisivos de legitimidad. Por lo tanto, para que el Sujeto Socio-Jurídico cambie es condición necesaria que, al menos en pequeños grados, cambie la situación y sus componentes que incluye a los distintos operadores del sistema.
 
5. Bibliografía
 
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Curriculum
Currículum Vitae

Osvaldo Agustín Marcón es Postdoctorado en Principios Fundamentales y Derechos Humanos (Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, 2017); Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Entre Ríos, 2015); Magíster en Salud Mental (Universidad Nacional de Entre Ríos, 2009); Diplomado Superior en Ciencias Sociales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 2007); Especialista en Métodos y T ... Leer más
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